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miércoles, 31 de julio de 2019

Adrenalina en el Caribe

Una visita a un paradisíaco archipiélago que es hogar de iguanas y tiburones... Las Exumas pertenecen a las Bahamas y son un conjunto de 360 islas o cayos distribuidos a lo largo de más de doscientos kilómetros. Fueron colonizadas a finales del siglo XVIII por norteamericanos que huían de la guerra de la independencia y seguían siendo leales al rey Jorge III de Inglaterra. Hoy es uno de los lugares más importantes que hay en el mundo para la vela, el submarinismo, y la exploración de corales y cavernas submarinas. Aguas transparentes, arena blanca y muchas sorpresas es lo que depara este conjunto de paradisíacas islas. Mi llegada hasta aquí se debió a la cálida invitación de Nigel. Dueño de un lindísimo y pequeño hotel en una de las islas, es un amante del lugar donde vive. Con su mujer reciben a turistas y amigos para mostrarles las maravillas que se pueden encontrar en un pequeño retazo de tierra en la inmensidad del mar. El trayecto desde Nassau, capital de Bahamas, hasta este lugar me llevó aproximadamente una hora y quince minutos en una poderosa lancha comandada por un simpático capitán y su equipo, quienes no pararon de escuchar música y cantar a todo volumen durante todo el trayecto. Cuando todavía no había llegado a mi destino y pensaba en que Nigel, seguramente, miraría su reloj preguntándose dónde me había metido, en una primera parada en una Exuma me sorprendió la bienvenida que nos dieron cientos de iguanas en la arena. Seguramente, ver un animal de estos puede no ser tan exótico hoy en día, pero cuando toda una playa está repleta de ellas, el espectáculo es magnífico. Tras bajar a la playa para observarlas de cerca, volvimos a la lancha y con la música a todo volumen llegamos finalmente a destino: no podía ser más mágico! En momentos así no dejo de sorprenderme por la maestría de la naturaleza. Los colores del agua y de los corales en el lecho marino, el verde de la isla y, en contraste, las construcciones de madera en color pastel. Todo digno de una gran postal. Tanto Nigel como su mujer, la quintaesencia de la pareja caribeña, habían preparado para nuestra estada un número de actividades por realizar. Entre ellas ¡procurarnos parte de nuestro almuerzo! Aquí es cuando entró en escena Beni, que con su metro noventa de estatura, su piel de ébano brillosa bajo el sol, sus músculos y sonrisa perfecta nos hizo sentir, tanto a mi equipo de trabajo como a mí, como verdaderos petrimetres. Con él íbamos a tratar de encontrar caracolas marinas para preparar la famosa "conch salad", la ensalada característica de la zona que consta de la carne de la caracola cruda, tomates, cebolla, apio, pimientos, pepinos, jugo de lima, sal y pimiento. Se preguntarán por qué necesitábamos de Beni para semejante y tal vez simple aventura. Es que las caracolas se encuentran, claro, en el mar, y en estas costas y sus aguas se pueden encontrar varios tipos de tiburones: nodriza, martillo, de arrecife de coral, toro. Creo que se me fue un poco el color de la cara al escuchar la tranquila explicación que nos dio esta especie de "Tarzán de las Bahamas". Mientras él seguía sonriendo y nos contaba que no habría ningún problema, que íbamos a tener la oportunidad de observar a estos magníficos escualos de cerca y verlos en movimiento bajo el agua, yo pensaba en lo que tendríamos que hacer para agenciarnos el almuerzo del día... (Jorge L. Icardi, Reportero Internacional....)

sábado, 5 de mayo de 2018

UN CÁLCULO ARITMÉTICO EN LA CONTEMPLACIÓN DEL DESIERTO

La infinidad y el silencio del desierto son por momentos apabullantes. Hasta donde mis ojos alcanzan, lo único que se ve es el cielo y la arena, encontrándose en el horizonte. En lugares como estos, ya sean desiertos, montañas, valles, llanuras y demás, es donde uno realmente se siente pequeño.
Y me sentía pequeño porque -y creo que a ustedes les debe pasar lo mismo- me daba cuenta de mi propio tamaño y de nuestra existencia que casi no dejaría ni siquiera huella, u ocuparía una ínfima parte en una tabla del paso del tiempo desde la protohistoria hasta nuestros días comparado con la evolución de nuestro planeta Tierra. Porque si bien, mis queridos amigos/lectores, la humanidad ha "avanzado" -permítanme por favor la licencia de las comillas- y sentimos que la evolución ha sido provechosa, no sospechamos el lugar que los números nos emplazan en el curso de la evolución y desarrollo del planeta.
Ustedes se preguntarán qué hacía yo en el medio del desierto, con la arena por los tobillos y caminando sin rumbo, alejándome de la tienda o carpa beduina que hacía de morada en esta aventura. Y es que a veces me toma de sorpresa mi mente y siento la necesidad de vagar por el lugar que visito en un estado meditabundo y de trabajo mental donde trato, con muy poco éxito debo admitir, de responderme ciertas cuestiones, diría yo, trascendentales. Así me encontraba mientras sentía el calor del desierto y subía y bajaba dunas, pensando en nuestra historia, y lo primero que se me vino a la mente, mientras ya sentía el cansancio en mis piernas, fue el capítulo de un libro que leí en el comienzo de mi adolescencia, el cual disfruté muchísimo y les recomiendo: Historias de la historia (1983) de Carlos Fisas (Barcelona 1919-2010). En su libro, lleno de divertidas anécdotas, tuve el agrado de encontrarme con unas líneas que me enfrentaron con lo que les he comentado anteriormente. Presten atención: Fisas -quien desarrolló una carrera de conferencista por universidades y centros culturales de toda Europa, y se especializó en el estudio de las manifestaciones amorosas, religiosas e ideológicas del occidente europeo- en su libro nos narra de una manera muy sintética la evolución del planeta y la raza humana y submite todo esto a un periodo de un año. "Esto quiere decir que si tomamos el 1° de enero como fecha del origen de la Tierra, la era primaria comenzaría recién en septiembre. Los primeros peces, en el silúrico, a finales de octubre. Los mamíferos, en el jurásico, a finales de noviembre, y el primer Hominido, homo sapiens (¿les suena?), el mismo 31 de diciembre, a las 11.30 de la noche. Nosotros, en cambio, haríamos nuestra apararición en este mundo a las 11 y 58 de la noche." Según estos datos relativos (que nos sirven sólo de manera anecdótica, ya que los expertos sabrán decir qué tan cercanos son a la realidad) nuestra historia en el mundo que conocemos se reduciría a media hora si tomamos al Homo Sapiens como puntapié inicial o de tan sólo dos minutos del ser "evolucionado" y moderno.
Imagínense lo que pasaba por mi cabeza ante semejante cálculo aritmético producido por mi contemplación de semejante lugar. Si al comenzar mi caminata me sentía pequeño, ahora mi mente me hacía parecer complejo e insignificante al mismo tiempo y les juro que empecé a reírme. de alegría. Entiéndase, por tener la oportunidad de entender que no importa lo largo del camino, sino la intensidad con la cual podamos disfrutar todos y cada uno de los, según Fisas, segundos de nuestras vidas.

Fuente: Iván de Pineda. LA NACION

martes, 13 de marzo de 2018

El castillo del misterio

Una hermosa historia de tristeza, abandono, sueños y tal vez... redención. 

En el medio del desierto, cerca de la cadena de montañas que se pueden avistar desde la ciudad, se encuentra una construcción de los más peculiar: Mistery Castle ( algo así como el Castillo del Misterio), en Phoenix, Arizona.
No sólo su ubicación lo vuelve particular. Su construcción e historia lo envuelven en un halo de tristeza, nostalgia y superación.

Boyce Luther Gulley vivía en la ciudad de Seattle, en el noroeste del país, junto con su familia. Según cuenta la historia, él solía llevar a su hija Mary Lou a la playa cercana a su hogar, en la cual se dedicaban a construir juntos castillos de arena en la orilla del agua.
Lógicamente, estos castillos eran destruidos por la fuerza de las olas y la marea ante la desolada mirada de Mary Lou, que veía cómo se desvanecía la creación ante sus ojos. Por ello, su padre le prometió que un día le construiría uno indestructible.
Como si fuera un destino predeterminado, a Boyce le detectan tuberculosis. En esas condiciones y frente al dolor suyo y de su familia, decide dejar ese mismo día su casa para no volver y establecerse solo en un lugar alejado, y de este modo no ver a nadie nunca más.

Corre el año 1929, año de comienzo de la gran depresión económica del país y este solitario hombre cruza parte de los Estados Unidos, de una de las regiones con más precipitaciones a una de las áridas y secas para establecerse en el sur norteamericano y crear su sueño.
Mientras estoy parado en una de las terrazas del castillo, no puedo más que admirar el ingenio y tesón de este hombre.
Claro, son las 11 de la mañana y la temperatura ya está en casi 40 grados. El viento de la zona es tórrido, pesado y esquivo. Para mí ya corre el año 2016 y no paro de pensar cómo este hombre construyó solo, con sus manos y hace más de ochenta años esta ecléctica y multifacética muestra de amor.
La superficie del castillo es de aproximadamente 8000 metros cuadrados, pero lo que más llama la atención son los innumerables detalles en los pisos, muros y paredes, producto de la gran gama de materiales que utilizó.

Imagínense que llegó aquí, al pie de la ladera, y no había absolutamente nada. Se construyó una pequeña y rústica habitación, sin luz ni agua corriente, y ese fue el punto de partida.
Gracias a la utilización de rocas del lugar, botellas usadas y recicladas, pedazos de acero, cerámica, azulejos y un sinfín más de materiales, fue de a poco realizando su promesa.
Los locales, sorprendidos por la gesta de este hombre, le acercaban elementos para que pudiera finalizar su obra y visión.
Realmente tiene algo de onírico el lugar, lleno de recovecos y escaleras, de estancias y habitaciones. Uno se puede perder fácilmente en este laberíntico diseño.
Quince años de arduos días de trabajo pasaron. De sudor y lágrimas. De alegrías y esperanzas.

Un telegrama y un abogado llegan a la ciudad de Seattle comunicando la muerte de Boyce y haciendo propietaria a su hija del prometido y añorado castillo.
Mary Lou vivió aquí el resto de su vida y se transformó en la reina de E. Mineral Road, la calle donde está situado el castillo. Ella les abrió las puertas a todos aquellos que quisieran escuchar la historia de su padre y del lugar.
Y mientras sigo parado en la terraza pienso en los pormenores de esta historia: tristeza, abandono, sueños y tal vez redención. Y no puedo más que dejarme llevar por melancólicos pensamientos.n

Iván de Pineda.  LA NACION

 

martes, 30 de enero de 2018

La gran vida en Nassau

Una cava con 250.000 vinos, el sueño cumplido de un bon vivant italiano.

Bajar por una pequeña escalera y descubrir una cava privada que cuenta con una colección de unas 250.000 botellas de vino ya es algo. Recorrer sus pequeños pasillos y llenarse la vista con las etiquetas más importantes del mundo, también.
Gracias a un cálculo matemático uno se da cuenta de que es imposible consumir estas botellas en una vida: a razón de una botella por día tardaríamos casi 650 años en agotar el stock.
A eso cabe agregar que la propiedad en donde se encuentra la cava sea tal vez uno de los mejores ejemplos de casas conservadas del centro de Nassau (un verdadero patrimonio histórico).

Cuál es la primera pregunta que a uno se le viene a la cabeza: ¿quién es el dueño de todo esto?
Pues muy bien, conozcan a Enrico Garzaroli, italiano de nacimiento y bon vivant por elección. Su historia en estos parajes se remonta a cuatro décadas en el tiempo.
Como buen amante de la navegación, llegó a estas islas persiguiendo un mar turquesa, un buen viento soplando por barlovento y la libertad del sol y la sal pegando en la cara.
Un buen amigo suyo lo esperaba en puerto para mostrarle las beldades de este lugar y hacer placentera su estada en tierra firme. De esta manera se encuentra una noche participando de una cena organizada por lady Dudley, propietaria de Graycliff. Entre copas y cigarros se tocaban los temas más variados esa noche: la actualidad de la economía, la realidad de la política mundial y algunos temas más mundanos.
En un momento de la noche la anfitriona mira fijamente a mi anfitrión en el presente y con una seguridad pasmosa le dice que está segura de que él va a ser el próximo dueño de la casa. A lo cual Enrico responde, ayudado por el coraje de unas copas de buen brandy, que es así y que cuando ella desee vender la propiedad no tiene más que contactarlo.
Pegamos un salto hacia el futuro y nos imaginamos a Enrico en su casa en la campiña italiana levantando el auricular del teléfono que suena.
-Enrico, cómo va. ¿Te acordás de esa noche en Nassau hace ya tiempo, de la casa y su dueña?
-Sí, sí, por supuesto. Gran noche, qué manera de ingerir alcohol, por Dios...
-¿Puede ser que le hayas prometido a lady Dudley que le ibas a comprar la casa cuando ella quisiera?
-Ehh... Tal vez.
- Bueno, está en venta y tengo la escritura para firmar.
De esta fortuita manera se hizo acreedor de la propiedad en la que no sólo vive y tiene un lindísimo hotel, también le agregó una fábrica de chocolates y una casa de armado de cigarros de gran vitola.

Hablar con él es como hacerlo con una persona que ha vivido cien vidas de una sola manera, como un verdadero epicúreo de la vida. Él es de esas personas que tienen como finalidad dejarse llevar con donaire por los derroteros de la vida y tratar de disfrutar al máximo de las oportunidades que se presenten. Por eso se le ve la cara de orgullo cuando me hace detener frente a una serie de estantes con botellas protegidas por un grueso cristal y un ancho candado.
Dentro, y en exhibición, se encuentra su pequeña colección dentro de su vastísima colección. Son las preferidas entre sus preferidas.
 Aquellas que pertenecen a añadas únicas e irrepetibles. Aquellas que un verdadero conocedor daría cualquier cosa por probar. Las tiene reservadas, me cuenta, para un momento mágico. Aquel que anuncie el crepúsculo de la vida. Ahí juntará a sus afectos más cercanos y organizará una verdadera bacanal como Dios manda.

Fuente: Iván de Pineda, para Revista La Nación, Buenos Aires, Argentina.

jueves, 25 de mayo de 2017

Viaje mental por la ciudad más austral del mundo

Subo por una ladera de la montaña con el esfuerzo marcado en la cara. Desde abajo parecía fácil. Frente a mí tenía glaciares; a mis espaldas, el canal de Beagle. En los confines del mundo uno siempre tiene la sensación de sentirse fuera del radar. Cada vez que me toca venir aquí me pongo en modo aventurero. No sé por qué será, pero es así. Si bien me encontraba de este lado de la unión del Atlántico y el Pacífico, tal vez en mi mente empezaban a aparecer las historias de la edad heroica de las expediciones antárticas, en la cual hombres como Amundsen, Scott y Shackleton se aventuraban a tierras desconocidas en busca de quedar en el bronce de la ciencia y la historia. También fue lugar de inspiración para uno de mis escritores favoritos de todos los tiempos, Julio Verne, ya que, perteneciente al departamento de esta provincia encontramos a esta isla con El faro del fin del mundo (llamado realmente Faro de San Juan de Salvamento), libro leído cuando vivía en España, en la época donde no existía Internet y momento en el cual mi mente después de voltear cada página imaginaba las hipótesis más extravagantes sobre el lugar alejado que visitaría por primera vez una buena decena de años más tarde. Creo que ya deben haber descubierto en qué lugar me encuentro: Ushuaia, la ciudad más austral del mundo. Mientras continuaba ascendiendo hacia el glaciar Martial -nombrado así en honor a Louis Ferdinand Martial, capitán de la embarcación La Romanche y comandante de la misión científica francesa al cabo de Hornos del siglo XIX-, fatigándome a cada paso de mi lenta pero provechosa subida, me giraba para poder captar el maravilloso paisaje que me rodeaba, como queriendo abarcar con mi vista la totalidad del enorme panorama de 360 grados a mi alrededor. Ya empezaba a ver parte de la ciudad a mis pies y el espejo de agua que forma el Beagle lucía resplandeciente. Aquí hice otra parada mental que me llevaba directamente a Charles Darwin y la embarcación por la que el canal lleva su nombre. Y trataba de pensar cuáles habían sido las primeras impresiones de este eminente naturalista y propulsor de la teoría evolutiva de la selección natural, o cuáles habían sido las órdenes dadas por el capitán Robert Fitz Roy sobre dónde fondear o qué curso seguir. Pero aquí mi mente hizo un clic, como si fuese una llamada de atención. Como si la voz de mi conciencia me estuviese diciendo que me estaba olvidando de recordar cosas importantes. Claro, había recorrido historia, datos fácticos. Repasado brevemente, casi como un neófito, circunstancias que tenían que ver con su ecosistema, flora y fauna. También, las cosas que me habían contado amigos fueguinos sobre ciertos aspectos de su idiosincrasia y costumbres. Porque después de repasar todo esto era tiempo de recordar y homenajear en este caso de manera solitaria y silenciosa, pero siempre respetuosa a aquellos pueblos originarios que, desde tiempos inmemorables, habían habitado estas tierras: yámanas y onas, entre otros. Con sus canoas, habían sido los dueños y señores de estas tierras y mares. Según se dice, podían nadar en estas aguas heladas como si fuese un bautizo diario con la naturaleza, sus creencias y sus costumbres. Enfundados en sus pieles habían combatido durante generaciones las inclemencias del tiempo. Ellos habían dotado a estas latitudes de un espíritu -ese intangible colectivo- bastante especial. Todavía me quedaba un buen par de horas de trayecto. Mis pies caminaban, mis ojos observaban, mi mente vagaba...

  Fuente: Iván de Pineda. LA NACION.
  mayo de 2017

lunes, 1 de mayo de 2017

ATRACÓN DE TORTILLAS EN CÁDIZ(ESPAÑA).

Atracón de tortillas
Un paseo por Cádiz para probar las distintas variantes de este clásico culinario español. El plan era muy simple: recorrer la ciudad de una manera diferente y convertirme en experto de un producto típico español.

La ciudad: Cádiz. El producto: tortilla española. De esta manera, me convertí en un tortillante, una especie de Adso de Melk (se acordarán de este novicio que seguía a William de Baskerville en El nombre de la rosa), cuyo propósito era conocer a fondo los secretos de este tradicional plato.
Cádiz, como ya hemos comentado en una de estas columnas hace algún tiempo, es la ciudad continuamente habitada más antigua de España y una de las más ancianas del oeste de Europa. Desde los tiempos de fenicios (sus fundadores) y cartaginenses (para ellos Gadir o Agadir), Imperio Romano (la llamaron Augusta Urbs Iulia Gaditana) pasando por los árabes (Qádis) hasta la llegada a nuestros días como Cádiz, ininterrumpidamente ha sido siempre un importante puerto comercial que enlazaba el comercio de la costa noroeste del África con la península ibérica y el mediterráneo. Durante el imperio español, era uno de los puertos más importantes -Colón en dos de sus viajes partió desde aquí-, que fue sitiado y atacado infinidad de veces por ingleses. Tan importante era el comercio marítimo que en toda la ciudad los propietarios de los navíos comerciales construían torres, que funcionaban como miradores en sus residencias para poder anticipar la llegada de sus embarcaciones y comunicar las buenas y, a veces, malas noticias. También estas torres podían cumplir una tarea defensiva.
Con mucha y antigua historia, pequeñas calles y plazas, grandes iglesias y, sobre todo, llena de recovecos, es una ciudad ideal para caminarla y sorprenderse. Como lo hice yo, pero esta vez, como se los adelanté, de una manera lúdica y diferente. Pepe, como lo llama todo el mundo, fue el encargado de iniciarme en el ancho mundo de la tortilla de papas o tortilla española. Su propósito siempre fue el de hacer conocer la ciudad de sus amores y de compartir los sabores y tradiciones culinarias de la provincia y del país. Así nació este curso de tortillología, en el que los tortillantes (estudiantes de la tortilla) descubren los secretos de este plato que, desde el siglo XVI (momento en el cual Europa trae la papa desde las Américas), forma parte de la identidad gastronómica de España y es uno de los productos ofrecidos en sus maravillosos tapeos.
Verdadero entendido en el tema, Pepe me esperaba en una esquina de la ciudad para recorrer los quince mejores lugares que ofrecían la tortilla en cada una de sus variedades. Así comenzó una jornada en la cual me sumergí y dediqué durante unas buenas diez horas a conocer los secretos gaditanos y a comer hasta casi literalmente explotar. Porque cada una de las casas de comidas y restaurantes me recibía con amplias sonrisas, palmadas en el hombro y esa tonada andaluza que por momentos se exacerba al punto de tener que hacer esfuerzos para entender lo que están diciendo.
Arrancábamos con una copita de manzanilla o vino, luego otra, y así sucesivamente, hasta casi pedir por favor un respiro. Pepe pacientemente no sólo me explicaba la composición, inspiración y creación de cada una de las tortillas: con jamón ibérico o puntas de espárragos, con chorizo o bonito, con pimientos o cebolla. También me abría las puertas de su ciudad, de sus costumbres, de sus historias y de sus mitos a través de cantidades ingentes de este producto y de las innumerables copas compartidas con los dueños de los locales que me despedían con enormes abrazos, como si fuera un pariente o hijo pródigo venido de ultramar.

Nota de Iván de Pineda
Conductor del programa Viajando por el mundo, de canal 13.
1 de mayo de 2017

lunes, 3 de abril de 2017

LA LLAVE SAGRADA

La historia sobre las dos familias que custodian el Santo Sepulcro, en Jerusalén.

Hace dos años, y con motivo de la Navidad, tuve la oportunidad de contarles mis sensaciones y experiencias al caminar por las calles de Jerusalén y entrar al santo sepulcro. Un hecho y un momento único en mis años y años de viajes por el mundo. A lo largo de los días que pasé en Tierra Santa me llené de cuentos, historias, creencias y folclore. Todo esto lo viví junto con David, una especie de guía, protector y hábil gestor que contaba con una amplísima capacidad para tener una anécdota o dato fáctico sobre todos y cada uno de los lugares que visité, que no fueron pocos, y tener una enorme red de contactos. Sí, pocas veces he visto a alguien con una agenda tan vasta. Ya fuese en hebreo, árabe, inglés o español, el hombre se movía como pez en el agua, al punto de ser siempre recibidos con las puertas y los brazos abiertos.
Este fue un recorrido en el cual di prácticamente una vuelta completa al país, manejando y parando en aquellos lugares que nos llamaban la atención. Lógicamente, el ombligo o centro neurálgico de este viaje era la Ciudad Santa. Así, dejamos la ciudad histórica de Masada, pasamos Beerseba y el desierto del Neguev y arribamos a nuestro destino después de casi 180 kilómetros de paisajes, buena música y charla.
Es aquí, en Jerusalén y en el Santo Sepulcro donde se desarrolla la siguiente historia. Sabemos que el Santo Sepulcro es cuidado por la iglesia católica, la iglesia armenia y la iglesia greco-ortodoxa mayoritariamente. Cada una tiene sus áreas de influencia dentro de este sacro lugar y guardan celosamente sus ritos y costumbres. En el siglo XIX se ratificó lo que se denominó status quo, que definió las obligaciones y responsabilidades de cada una de las comunidades cristianas dentro de la Iglesia del Santo Sepulcro y fijó límites y áreas comunes. Mientras charlábamos de todo esto, casi en la entrada de la iglesia podía ver a un hombre sentado en un banco exactamente emplazado en el ingreso, quien, muy tranquilamente, observaba el ingreso y egreso de los peregrinos, turistas y curiosos que se acercaban al lugar.
Mi curiosidad era aparente, ya que David esbozó una sonrisa, se dirigió a este hombre y lo saludó en árabe, obteniendo a cambio un gran apretón de manos y una fuerte palmada en la espalda. Educadamente me lo presentó, y así conocí a uno de los miembros de las dos familias musulmanas encargadas de guardar las llaves de este sacrosanto lugar por los últimos ocho siglos. Estoy hablando de las familias Joudeh y Nuseibeh, que se han pasado de generación en generación esta importante tarea, ya que son ellos quienes abren, cierran y custodian las puertas de entrada. Así es como ha sido por cientos de años: un Joudeh todas las mañanas lleva la llave, que es entregada en la puerta a un Nuseibeh, que se encarga de la apertura. Luego la llave es devuelta a la familia Joudeh. Por la tarde, los Nuseibeh se acercan a la puerta para que les sea entregada la llave para cerrar el recinto; una vez hecho vuelve a la familia Joudeh. Todo esto lo escuchaba de la boca de uno de sus protagonistas, lo cual resultaba maravilloso, por lo que pregunté: ¿y la llave? Mi interlocutor se abrió el liviano saco que portaba. Colgada de su cinturón se encontraba la famosa llave de hierro. Con un noble gesto la tomó y me la ofreció. Tenía en mis manos la llave terrenal del reino de los cielos.

Pd: y así, un judío, un cristiano y un musulmán, de una simple manera, establecieron un vínculo pequeño y grande al mismo tiempo.

Fuente: nota de Iván de Pineda. LA NACION

martes, 18 de octubre de 2016

TIERRA DEL ESPUMANTE EN TREVISO, (ITALIA).

Tierra de espumante. Treviso, donde se produce el Prosecco, un lugar ideal para seducir a los paladares. En vez de tomar lo que tal vez es el camino más directo (esto quiere decir Bologna-Ferrara-Padua-Venecia), decidimos dar una pequeña vuelta por el Véneto y tomar la carretera que va vía Modena-Capri-Mantua-Verona, y de ahí a Venecia. Pero henos aquí que a último momento decidimos desviarnos un poquito más y hacer nuestra entrada a la ciudad de los canales atravesando Treviso. La verdad es que hasta ese momento todo había salido de maravillas y la curiosidad se había apoderado de mí. Muchas cosas me habían contado de esta provincia homónima, cuna del Prosecco, y a ciencia cierta me sobraban una buenas horas. Debo decir que Treviso es un gran interludio entre Verona y Venecia. Situada en la confluencia de los ríos Botteniga y Sile, está dotada de infinidad de iglesias, importantes palacios y lindísimos canales. Es una ciudad ideal para caminarla tranquilamente, descubrir las más de treinta simpáticas fuentes repartidas por todo el casco urbano y admirar las diferentes torres que sobresalen de las medianas construcciones romanas y renacentistas. A esto me dediqué enteramente durante un buen par de horas, dando vueltas, estableciendo rápidas conversaciones con los locales y sacando, primero con mi retina, las fotos de costumbre para tener recuerdos impresos. Una de las cosas que más me comentaban los trevisanos al ser cuestionados por mi curiosidad tenía que ver con Il Cibo ( léase "Il Chibo", alimento o comida), y me aseguraban que en cualquier lugar donde decidiera comer lo haría increíblemente, que lo único que tenía que hacer era seguir mi instinto y elegir el sitio que más me llamara la atención. Así, caminé por la calle Vicolo Broli y me detuve frente al numero 2. Osteria dai Naneti, rezaba el cartel de la entrada y su vitrina mostraba alguno de los productos mas típicos de la región: todo tipo de charcutería, chacinados y quesos. Me asomé por la ventana y vi los estantes llenos de gran cantidad de botellas que representaban lo mejor de las uvas locales con el espumante Prosecco como estrella, amén de la cantidad de más productos típicos que colgaban del techo y los viejos carteles de tiempos pasados que engalanaban sus muros. Esta es la mía, me dije, y entré. Un coro de voces me recibió con un fuerte buongiorno, y el mundo de los sabores se abrió ante mis ojos. Detrás de una pequeña barra, dos jóvenes y risueños italianos hablaban con sus clientes mientras preparaban algunas de las delicatessen que seguramente iban a ser consumidas con fruición. Tengo que confesarles que estaba listo y dispuesto para disfrutar de algún elevado ejemplo de la cucina italiana, de probar las mieles de un importante vino de renombre y así continuar mi viaje como un verdadero dandy. Afortunadamente, uno de los encargados del lugar tuvo la inteligencia y picardía de venderme uno de los panini -o sándwiches- más ricos que he probado en mi vida y uno de los más simples. Tan simple como una pequeña baguete abierta al medio rellena de sgombro (caballa) y tomates picados. La combinación del crocante pan embebido en el aceite de la caballa y los tomates picados con un poco de cebolla y ajo, la copa de fresco Prosecco y el ambiente o la onda del lugar sigue siendo hoy un grato recuerdo que he prometido repetir. Nota de Iván de Pineda. LA NACION. Procesado por Jorge Luis Icardi. 18 de octubre de 2016.

LOS RITMOS DE MEMPHIS, (ESTADOS UNIDOS).

Los ritmos de Memphis. De visita en Sun Studio, uno de los templos de la música contemporánea. Los ríos Misisipi y Misuri son las vías navegables más importantes de los Estados Unidos. Desde muy pequeño tuve gran curiosidad por estos ríos. Al devorarme los libros de Mark Twain y seguir las aventuras de Tom Sawyer en la pequeña y ficcional ciudad de Saint Petersburg, un mundo de imaginación se abría ante mí. Todo esto fue satisfecho a mi llegada a la ciudad de Memphis, sobre las márgenes del Misisipi. Esta ciudad, junto con Nashville, es la más importante del estado de Tennessee, en el sur del país. Este estado tiene una de las herencias musicales más importantes del mundo. A Nashville, por ejemplo, se la conoce como la Ciudad musical. Memphis, en cambio, ha visto el nacimiento de muchos géneros musicales, entre ellos, el Memphis Soul, Gospel y sobre todo el Rock n' Roll. En cada rincón de la ciudad se puede escuchar y respirar música. Nombres como Beale Street, la calle icónica, es un claro ejemplo. Infinidad de bares con música en vivo, donde algunos de los más grandes exponentes locales despuntan el vicio. Imagínense a Muddy Waters, Louis Armstrong o B.B. King en su tiempo y espacio, arriba de un pequeño escenario. Aquí también se encuentra Graceland, la mansión construida por Elvis Presley, con su estupendo museo dedicado a la historia de la pelvis más famosa de la historia de la música. También es la ciudad de dos de los estudios más importantes de la historia de la música. Uno es Stax Records, una de las matrices del soul y del sonido sureño, y el hogar desde donde Otis Redding se lanzó a la fama y que participó junto a Motown Records, su gran competidor en los 60, por los principales puestos de los charts de esa época. El otro estudio es el inigualable Sun Studio. Situado en el número 706 de la avenida Union, es uno de los templos de la música contemporánea. Aquí se produjo y se grabó lo que muchos consideran la primera canción de rock and roll de la historia. En 1951, Ike Turner hizo bailar a los técnicos al ritmo de Rocket 88 y así comenzó uno de los ritmos más importantes del último siglo. Entrar al estudio y sus oficinas es mágico, y si son amantes de la música se sentirán verdaderamente regocijados con la sensación de pequeña grandeza que destila cada uno de los espacios. Viejos carteles de anuncios de los artistas, discos de oro y guitarras decoran las paredes, y los estrechos pasillos esconden leyendas de otros tiempos. Bill fue la persona encargada de contármelo todo y mis preguntas salían disparadas una detrás de la otra. Después de una buena charla llegó el momento que esperaba, entramos al estudio de grabación y me situé en el lugar exacto donde un día, allá por fines de 1956, cuatro verdaderas estrellas de la música, El Cuarteto del Millón de Dólares, coincidieron: Elvis Presley, Johnny Cash, Jerry Lee Lewis y Carl Perkins, el Rey del rockabilly, se juntaron en el estudio a tocar algo y hablar de música. Hoy una foto de ese encuentro en la pared y una cruz en el suelo marcan este hecho histórico para la música. Mientras mis ojos recorrían todo, Bill me relató una de las anécdotas o, seguramente, leyendas más formidables de las que tenía recuerdo. Durante una cruda noche de invierno y cuando ya habían cerrado, escucharon en el estudio el timbre. Al acercarse a la puerta vieron a una persona vestida con un buzo con capucha que nerviosamente esperaba alguna respuesta. Con recelo le preguntaron al encapuchado qué necesitaba. Con un suave tono preguntó si podía pasar un segundo para ver la famosa foto. Sorprendido, el encargado accedió. El extraño entró al estudio, observó la foto, se arrodilló, besó la cruz y se dirigió hacia la puerta. Al despedirse del encargado se dio cuenta de quién era: Bob Dylan había ido a rendirle homenaje a sus ídolos. Nota de Iván de Pineda. LA NACION. Procesado por Jorge Luis Icardi 18 de octubre de 2016.

sábado, 15 de octubre de 2016

LAS CUEVAS DE BATU,EN KUALA LUMPUR, (MALASIA).

Las Cuevas de Batu en Kuala Lumpur. Majestuosas obras de la arquitectura india. Si deciden viajar por el sudeste asiático y han elegido Kuala Lumpur como una de las ciudades por visitar, no pueden perderse la posibilidad de ver un templo religioso ubicado en un paraje completamente distinto del que uno podría imaginar. A poco más de una decena de kilómetros saliendo de la gran urbe que significa la capital malaya nos encontramos con las famosas Cuevas de Batu. Llegar hasta allí es muy simple, ya que lo podremos hacer vía automóvil, tren o colectivo. No toma más de una hora acercarse al distrito de Gombak para encontrarse en el medio de colinas de piedra caliza y descubrir uno de los templos hindúes más importantes del mundo. Ustedes se estarán preguntando qué tienen de especial estas cuevas. Esa era la misma pregunta que me hacía sentado en el asiento de un vagón del tren que estaba dejando la estación central, megaconglomerado que reúne terminales de transporte, hoteles, oficinas, edificios residenciales y áreas de compras, con destino al norte. Mi llegada a este populoso país asiático se había realizado tres días antes con el propósito de participar de la entrega de los Premios Laureus, fundación que se encarga de promover el cambio y desarrollo social a través del deporte, y que realiza una notable tarea en todos los rincones del mundo con especial foco en niños y jóvenes. Entre miembros de esta academia encontramos algunos de los nombres más resonantes de la historia del deporte, como Nadia Comaneci, Jack Nicklaus, Edwin Moses, Boris Becker y Mark Spitz, así como también uno de los ídolos deportivos de mi juventud: Hugo Porta, que es el presidente del capítulo argentino y uno de los primeros miembros de Laureus. Conmovido por la oportunidad de rodearme y charlar personalmente con las luminarias del deporte mundial, fueron cuarenta y ocho horas inolvidables. Como tengo alma aventurera y soy hiperkinético, después de semejante programa estaba ya dispuesto a buscar no adrenalina, pero sí estímulos diferentes. Así me encontré una vez llegado a destino ante una gran escalera que ascendía y se perdía en el interior de esta estructura rocosa. Una gran estatua de más de 40 metros de altura representando a Murugan, hijo de Shiva, me invitaba a enfrentarme a los más de 250 escalones y conocer los diferentes templos. La roca, el verde de su vegetación, la temperatura de ese día, todo remitía a algo exótico y diferente. Ni hablar de las construcciones realizadas por la mano del hombre en un claro ejemplo de estilo dravidiano, encontrado mayormente en el sur de la India, uno de los tres tipos de arquitectura más importantes de la historia hindú. Todo esto sumado a los claros ejemplos de la fauna del lugar, representados por la innumerable cantidad de macacos que libremente se desplazaban por todos los rincones sin ningún tipo de timidez, siempre dispuestos a cometer una tropelía, y por los enormes murciélagos que surcaban los cielos del lugar (les aseguro que a los pocos minutos uno se acostumbra a ellos y terminan siendo parte natural del paisaje). Sin olvidarme de la compañía de cientos de peregrinos y visitantes que portan coloridos íconos y figuras, familias enteras y solitarios viajeros, como era mi caso en esa mañana. El esfuerzo de la subida rindió sus frutos y me encontré envuelto por el interior de la colina en un enorme espacio de altos techos, altares relucientes e intrincadas formaciones rocosas dispuesto a seguir sorprendiéndome. Nota de Iván de Pineda. LA NACION. Procesado por Jorge Luis Icardi. 15 de octubre de 2016.

LA PLAZA ROJA DE MOSCÚ, (RUSIA).

La Plaza Roja de Moscú, "el corazón del mundo". Krasnaya Ploshchad, la famosa Plaza Roja de Moscú, se abre ante mis ojos. Inmensa y vasta, quizás intimidante. Todo es así en el país más grande del mundo y todo es así en la Tercera Roma, la ciudad de Moscú. Construida sobre siete colinas, como Roma y como Constantinopla, se vio sucesora desde los tiempos del Principado de Moscovia y posteriormente desde el reinado de los primeros zares como la ciudad que nunca iba a caer ante naciones herejes. Estábamos parados con mi tocayo Vanya, el afectuoso diminutivo que corresponde al nombre Iván, en el centro neurálgico de la plaza mientras discutíamos y charlábamos sobre los aspectos más importantes de la historia de la metrópolis más septentrional del mundo, capital del país y corazón espiritual del mundo ortodoxo. Pero sobre todo, discutíamos el porqué del tamaño de la plaza y las construcciones que se hallaban alrededor de este viejo enclave moscovita, que pasó de ser un simple mercado a uno de los espacios más distinguibles del mundo. "Todo lo que podemos ver -me explicaba Vanya-, corresponde a un pedazo de historia del país. Porque el mismo desarrollo de la plaza corresponde al crecimiento del país: altivo y orgulloso, por momentos caótico y sin rumbo, magnánimo o suplicante, cruel.Pero siempre, maravilloso." Estas eran las palabras de mi rubicundo amigo, que sacándome una buena cabeza de altura me miraba con una mueca de sonrisa en su boca y extendiendo sus enormes brazos intentaba abarcarlo todo con un enorme abrazo. De pequeño yo había leído en las maravillosas enciclopedias y libros que se encontraban en la casa de mi abuela decenas de historias de esta ciudad y sobre todo de otro tocayo: Iván IV, comúnmente conocido por la historia como Iván el terrible. A nuestra derecha se encontraba el Kremlin, la famosa fortaleza de altas murallas, con sus increíbles iglesias, como la Catedral de la Dormición y la Catedral de la Anunciación, cubiertas con sorprendentes frescos sacros de una belleza perenne, con el Palacio del Senado y el Campanario de Iván el Grande. Tratando de imaginar lo que fue vivir en esos tiempos de cristalización del Zarato ruso, me preguntaba si todavía por los pasillos del Kremlin se escuchaban los gritos de Iván el terrible, tras la pérdida de su mujer, Anastasia Romanova, y su transformación en un verdadero déspota. También a nuestra derecha podíamos observar el mausoleo de Vladimir Ilyich Ulyanov, Lenin. Su cuerpo yace embalsamado en el interior desde los años 20. Seguíamos girando en sentido contrario de las agujas del reloj y teníamos enfrente a la Catedral de San Basilio, con sus enormes y coloridas cúpulas de colores, construida por el terrible Iván para conmemorar una gran victoria militar, la leyenda dice que una vez terminada de construir, el zar mandó a cegar al arquitecto para que jamás volviese a construir algo tan bello, y les aseguro que se ve tan o más bonita que en la infinidad de fotos e imágenes que se han hecho de ella. A nuestra izquierda, seguía señalando Vanya, los famosos almacenes Gum, una de las tiendas más conocidas del mundo, ideados por Catalina, mecenas de las artes e incansable o impetuosa amante. "Pero -otra vez Vanya, con una socarrona mueca en su boca-, hay otra razón por la cual es muy importante esta plaza. De aquí salen las calles, caminos y vías más importantes de la ciudad. Este es el corazón y el alma de Rusia y del mundo." Viendo mi cara de incredulidad ante tamaña aseveración, se corrigió y con una carcajada exclamó: "¡de mi mundo!" Y con dos palmadas en mi espalda que me sacaron el aire me invitó a seguir caminando. Nota de Iván de Pineda. LA NACION. Procesado por Jorge Luis Icardi. 15 de octubre de 2016.

LA FRENÉTICA NOCHE DE TOKIO, (JAPÓN).

La frenética noche de Tokio. En el popular barrio de Shibuya, un noctámbulo o un vampiro moderno podría construir una realidad paralela. Entre las innumerables calles que cruzan Shibuya, uno de los barrios más populosos de Tokio, miles y miles de jóvenes se trasladan de un lado al otro con mucho frenesí. Hay una efervescencia en el aire. Todo sucede a una velocidad impactante. Es como si el tercer milenio ya hubiese acaecido o estuviese mirando una película. Por la necesidad de espacio, la ciudad crece verticalmente y miles de carteles luminosos anuncian la diversidad de la oferta en los edificios de la zona: tienda de ropa en la planta baja, restaurant en el primer piso, karaoke en el segundo, sex shop en el tercero, dentista en el cuarto, sala de videojuegos en el quinto, y así sucesivamente. También se destacan enormes pantallas alrededor, haciendo parecer a Time Square en Nueva York un juego de niños. Se reproducen diversas imágenes, como las últimas publicidades de grandes compañías a videoclips de las estrellas fulgurantes de la escena musical japonesa, lo cual crea una marea de sonidos y colores muy particular. Un noctámbulo o un vampiro moderno podría construir una realidad paralela cuando se apaga el día. Durante las horas de la noche todo permanece abierto en esta zona de la capital nipona. La oferta gastronómica es inmensa. Cientos de locales de todos los tamaños sirven algunos de los platos más típicos y tradicionales japoneses: korokke, soba, takoyaki, teriyaki, sushi y también una mezcla de propuestas internacionales que van desde comida rápida norteamericana hasta lugares que parecen teletransportados desde Roma o Nápoles. A la hora de divertirse, además de los ya mencionados karaokes y salas de videojuegos, encontraremos salas de cine, teatros y una verdadera tradición oriental: el pachinko. Creado allá por los años de la Segunda Guerra Mundial, esta especie de pinball oriental se puede encontrar en grandes salas llenas de estas máquinas donde el propósito es el de manejar la velocidad pequeñas bolas de acero, anteriormente compradas, y hacerlas entrar en pequeños orificios dispuestos en el panel del juego. Al lograr introducir estas especies de sólidas canicas, más pelotitas uno recolectará para finalmente ser canjeadas por premios: artículos de tecnología, perfumes, peluches, etcétera. De movida parece fácil, pero no lo es. La velocidad en la que caen y se mueven las bolitas es tremenda y los jugadores parecen hipnotizados manteniendo sus rostros a escasos centímetros de sus rostros. Más particulares de estos barrios tienen que ver con los estilos y los arquetipos utilizados por estos jóvenes a la hora de vestirse. Identificables a la distancia por sus looks, cada uno de ellos pertenecen a diferentes tribus urbanas: los kodonas son aquellos que utilizan ropa infantil de la época victoriana y portan pálidos maquillajes en sus caras; los bosozoku, amantes de las motocicletas, visten cueros y jopos dignos de los años 50, y los cosplay son aquellos que se visten como personajes del animé y manga. Todos ellos mezclados con punks, rockers, yuppies, hipsters, y la mayoría de la gente que prefiere vestirse más cotidianamente y sale de sus trabajos rápidamente para encarar la larga vuelta a casa, atravesando una de las mayores junglas urbanas. Tanto es así que quien tenga la oportunidad de ser testigo de lo que sucede aunque sea tan solo por quince minutos verá, en Shibuya o Akasaka (los nombres de estos barrios tokiotas) un panorama increíble de lo que podría suceder en el futuro que tanto hemos visto en películas de ciencia ficción. Iván de Pineda, para Revista La Nación. Procesado por Jorge Luis Icardi. 15 de octubre de 2016.

jueves, 13 de octubre de 2016

KENDO EN JAPÓN

El camino del sable como una manera de vivir, sentir, proceder y actuar

Parecía sacado de la película El último Samurái, o tal vez transportado a la época del shogunato japonés. Por otro lado, pensaba si mi iniciativa no me quedaba "grande" porque, como saben, no soy muy dúctil a la hora de realizar estas actividades. Hay un dicho que reza: Cuando estés en Roma, haz como los romanos. Creo que había llevado las cosas un poco más lejos. Japón, como ya lo hemos charlado, es un lugar de cientos de tradiciones que se perpetúan en el tiempo y algunas de ellas tienen que ver con las artes marciales. Era un honor tener la oportunidad de participar de una de las clases más prestigiosas de uno de los deportes y artes más mentados del país del sol naciente: el Kendo. El camino del sable, tal cual la traducción de Kendo a nuestro idioma, no sólo es un arte marcial que se realiza, en su práctica, con un sable de bambú llamado shinai, sino que también refleja la manera de vivir, sentir, proceder y actuar de aquellos que lo practican. La invitación me había llegado un par de días antes y, si bien ya había tenido la chance de ver distintas disciplinas marciales japonesas, entre ellas el sumo, de ahí a practicarlas había un gran trecho. Pero, como siempre, esa partícula curiosa que habita en mí me hizo reflexionar y terminé aceptando. El reto comenzó a primera hora de la mañana, cuando trataba de ingresar a los atestados vagones del subterráneo nipón junto a Katsuo. Ya era una hazaña, o por lo menos así lo veía yo, estar en camino, ya que la puntualidad es una de las formas más importantes de mostrar respeto. Si perdíamos el tren, hubiéramos casi quedado deshonrados ante nuestros anfitriones, que habían aceptado noblemente mi presencia en su recinto sagrado. Les puedo asegurar que esto es lo que era el dojo, o lugar donde se practica la Vía (camino). En el espectacular edificio del siglo XIX, donde estaba ingresando, iba a ser parte de la tradición y costumbres del país. Mientras me llevaban a vestirme con el kendogi y hakama (la chaqueta de algodón gruesa y los anchos pantalones) vi en los muros los retratos de cada uno de los sensei o maestros que habían liderado el dojo y, en cada rincón, antiguos bogu o armaduras que habían pertenecido a eximios kendokas, saludaban mi paso. Una vez vestido, me dirigí hacia el tatami. Allí conocería las Cinco virtudes de la espada: Justicia, Honor, Valentía, Cortesía y Humildad. Sentado de rodillas junto a una docena de pupilos y junto a Katsuo, que gentilmente me traducía en voz baja las instrucciones, me inicié en el camino. Después de las salutaciones de rigor, tomé el shinai en mis manos y comencé con los movimientos básicos, repitiendo lo que hacían mis compañeros. Incluso con tan simples katas o secuencias de movimientos empezaba a cubrirme de sudor, tratando de realizar todo con precisión. La clase fue avanzando y empecé a tomar confianza. Cuarenta minutos y ya creía que era un consumado espadachín, hasta que llegó el golpe de realidad. Tenía enfrente al sensei, que me miraba de arriba a abajo con (tal vez) una de las miradas más penetrantes que he recibido en mi vida. Levantó su shinai, se puso en guardia y procedió a cantarme uno tras otro los movimientos. Mientras chocaban los sables de bambú la velocidad aumentó de una manera fulminante y sentí a los pocos segundos un golpe seco y rápido en la muñeca. Un poco dolorido vi mi shinai en el piso y alcé la vista hacia el sensei. Levantó su shinai hizo una respetuosa reverencia, de la cual yo no era merecedor, y con una ya más amigable mirada me indicó el sable y me invitó a seguir practicando. Había recibido un baño de una de las virtudes: Humildad.

Nota de Iván de Pineda, ( conductor del programa viajando por el mundo decanal 13).

(Procesado por Jorge Luis Icardi...)

KARAOKE EN NEPAL.

Karaoke en Nepal: Ínfulas de rockstars y un escenario que los convirtió en los reyes de la noche

Es muy gracioso cuando durante un viaje termino realizando algo que no pensaba hacer. Sobre todo cuando no es algo extraordinario o fuera de lo común, sino algo en lo que tal vez no participo mucho y que ayudó a cimentar una amistad. A veces las circunstancias en las cuales suceden estas cosas son increíblemente graciosas. Esto es así: hacía casi tres semanas que había dejado Buenos Aires para visitar diferentes ciudades del subcontinente indio y Nepal, todo a bordo de un auto. Jaipur, Udaipur, Agra, Delhi, Varanasi, Nagarkot, Sagarkot, Chitwan, Pokhara y Katmandu eran los puntos a unir. En cada ciudad india había alguien que, gentilmente, me recibiría para mostrarme los lugares únicos que se podían encontrar. No fue el caso de Nepal, donde iba a tener el agrado de compartir mi estadía con alguien de quien ya les he hablado anteriormente: Diwakar. Después de recorrer cientos de kilómetros juntos en un vehículo que podría considerarse desvencijado y con un conductor un poco distraído para las demandantes rutas nepalíes como Diwakar, hicimos nuestra entrada en el valle de Katmandu y en el principal centro urbano del país. Si bien habíamos estrechado lazos de amistad, habíamos intercambiado opiniones sobre las vida y sus vicisitudes, había conocido a su familia y sostenido a su hija menor, de casi un año, en mis brazos para contener su llanto, no podíamos considerarnos técnicamente amigos. Pero es increíble cómo ciertas afinidades o gustos acercan más a la gente que charlas largas, profundas y filosóficas sobre la vida. En la última noche, con mi equipo de trabajo, representantes de la oficina de turismo de Nepal y Diwakar salimos a comer a uno de los restaurantes más conocidos de la ciudad, donde nos deleitamos con las especialidades regionales. La comida se desarrolló muy apaciblemente y durante los postres una de las chicas de la oficina de turismo sugirió ir a tomar algo, a lo cual accedimos yo, mi equipo de trabajo y Diwakar. Seis alegres individuos nos sumergimos en la vida nocturna de la ciudad para visitar algunos de los bares de moda concurridos por los jóvenes locales. Ingresamos en un par y recalamos en un tercero para una última copa. La música sonaba a todo volumen y el local estaba a medio llenar, con una mezcla pareja de montañistas extranjeros y sonrientes lugareños. Ya estábamos cansados y al otro día me enfrentaba a muchas horas de vuelo en mi regreso a la Argentina. Pero justo antes de tomar el envión y encarar hacia la salida una especie de maestro de ceremonias/DJ anunció que comenzaba el karaoke. Excusa ideal para volver al hotel. Error. El ecléctico grupete que se había formado recibió la noticia con una sorprendente alegría y para no ser catalogado de amargo, ante la insistencia de mis colegas, no pude más que acceder y participar de la movida. Ja ja ja. Perdonen que me ría, pero pasé de ser el aguafiestas al que más alentaba a la muchachada. A viva voz gritaba y sugería canciones, aplaudía y seguía arengando. La sorpresa llegó cuando un inesperado dueto tomo el escenario, con trago en mano y voces ya cascadas. Sí: nuevamente quien escribe y Diwakar. La elección: balada rockera ochentosa. Resultado: Lastimoso. Consecuencia: relación de amistad cimentada a base de incomprensibles palabras. Les juro que me sonaban como si fuésemos cantantes profesionales, miradas cómplices, algunas risas y la creencia de habernos convertido en verdaderos rockstars. Les aseguro que tuvieron que hacer fuerza para bajarnos del escenario. Fuimos por tan solo dos minutos los reyes de la noche.

Nota de Iván de Pineda. LA NACION.
(Procesado por Jorge Luis Icardi...)

lunes, 10 de octubre de 2016

EL MUSEO DEL DESAMOR EN ZAGREB (CROACIA)

En Zagreb, un lugar muestra testimonios y objetos de rupturas amorosas. En esta dirección se encuentran los recuerdos, objetos y las historias románticas que no han llegado a buen puerto. Todo ordenado de una manera metódica que muestra cómo el amor a veces llega a su fin. En este Museo de las Relaciones Rotas, de Zagreb, los creadores, Olinka y Drazen, han recolectado un sinfín de ejemplos tangibles de todo esto. En su momento planteada como una muestra itinerante, hoy cuenta con cientos de objetos. Pero antes de ingresar por sus puertas y recorrer virtualmente el museo hablemos un poco de la capital croata.
Zagreb es la ciudad más poblada y mas importante de Croacia. Ubicada estratégicamente en un verdadero cruce de caminos que comunican y unen los Alpes, el mar Adriático y Europa Central, en su momento eran dos ciudades diferentes: Gradec y Kaptol, las cuales rivalizaban por la supremacía local y sólo se ponían de acuerdo a la hora de hacer funcionar sus mercados. Una vez unidas crearon una de las ciudades más importantes de los Balcanes, dotada de una simple belleza y perfecta para recorrerla tanto a pie como a través de su extensa red de tranvías. Algunos de los lugares ideales a visitar son la iglesia de San Marco, la torre Lotrscak (del siglo XIII) y ni hablar de ir a tomar algo al famoso hotel Esplanade, construido para recibir a los pasajeros del mítico Orient Express, que unía París con Estambul y era lugar obligado de hospedaje para algunos de los nombres más resonantes (por motivos muy diferentes) del siglo XX, como Charles Lindbergh, Sophia Loren, Orson Welles o Leonid Brézhnev.
Con un clima mediterráneo que realmente se agradece, sobre todo en el final de la primavera y comienzo del verano, es la puerta de entrada a un país que tiene montañas, muchas playas, rica cultura (en Pula se encuentra unos de los coliseos romanos mejor conservados del mundo) y que brinda la oportunidad de despertarse temprano y salir con perros a buscar trufas en los bosques o deleitarse con el aceite de oliva local.
Dicho esto, ingresamos a este museo, muy diferente de muchos que he recorrido. Aquí todo gira en torno al desamor. Pero no se imaginen algo tétrico o lúgubre, más bien hay un cierto dejo de nostalgia y sentiremos sobre todo una auténtica curiosidad personal para descubrir lo que hay detrás de los objetos, que son los protagonistas. Estos destacan de los muros y luces blancas del recinto y se yerguen solitariamente invitándonos a conocerlos. Podremos ver desde simples cartas de amor, viejas fotos de momentos compartidos y simpáticos peluches hasta fallidos vestidos de novia con sus correspondientes ramos que nunca fueron lanzados, pasando por una variedad un poco más salvaje de cosas para ver: objetos eróticos, entre los cuales hay piezas de lencería, esposas, disfraces y un rango de cosas que esta casta columna no podría poner por escrito. Al preguntarles a los chicos que trabajan aquí qué se siente al interactuar con el espacio y la colección paradójicamente veremos la alegría que tienen de pertenecer al staff del museo. Porque más allá de ser testigos del quiebre y ruptura de relaciones, de desengaños y desencuentros, el amor, dicen, todo lo puede. Dispuestos, cuentan cómo muchos de los que han donado los ítems que forman parte de la colección días, meses o años más tarde escriben para agradecer esta especie de expiación, felices por haber superado estas duras pruebas. Y como un gran Ave Fénix, de fallidos amores renacen grandes pasiones.

Nota de Iván de Pineda. LA NACION
10 de octubre de 2016.  

Procesado por Jorge Luis Icardi

EL MAS ALOCADO DESCENSO EN TRINEO EN UTAH, (ESTADOS UNIDOS).

En un centro invernal de Utah nos animamos al bobsleigh para sentir el espíritu olímpico. La pregunta caía de madura: ¿realmente vamos a hacer esta locura? No me parecía correcto, tal vez por la edad a la que estamos llegando y el no tan anhelado estado físico. Nos mirábamos con mis amigos... Éramos tres alegres viajeros a los que de repente les pintó transformarnos en atletas olímpicos por tan sólo unos minutos.
Muchos habrán visto la película de 1994 llamada Cool Runnings, o Jamaica bajo 0 por nuestras latitudes. En ese film basado en hechos reales, cuatro intrépidos jamaiquinos se convierten en la sensación de los Juegos Olímpicos por practicar uno de los deportes más vertiginosos de las disciplinas de invierno: el bobsleigh. Esta es, junto al luge y el skelton, una variante de descenso en trineo. A diferencia de las dos últimas -la primera se realiza en solitario o en pareja y la segunda solamente de manera individual-, el bobsleigh es en equipos de hasta cuatro integrantes.En este caso, nosotros tres más un piloto que se encargaba de comandar el trineo. Todo lo que nos rodeaba era increíble. Las montañas contrastaban con el perfecto cielo azul, cubiertas del famoso powder o nieve en polvo que hace las delicias de los miles de amantes del esquí que se acercan todos los años para practicar su querido deporte en uno de los centros más grandes del mundo, Park City Mountain Resort, en la ciudad de Park City, en el estado de Utah, Estados Unidos.
Esta ciudad que supo ser una verdadera urbe minera, donde prácticamente en su Main Street (calle principal) lo único que había eran bares y burdeles y que estuvo a punto de desaparecer -llegó a transformarse en un lugar fantasma-, hoy es una vibrante y agradable urbe llena de vida, con una interesante oferta gastronómica y cultural. De hecho fue el lugar elegido por Robert Redford para crear su ya mítico Sundance Film Festival, que tiene como centro el famoso Egyptian Theatre. El instructor nos juntó a los tres y nos presentó al cuarto integrante de este inverosímil equipo. Ex miembro del equipo olímpico del país, con pelo hasta los hombros y una más que segura actitud, nos miraba como pensando cómo Dios le había puesto enfrente a semejante hatajo de individuos. Nosotros, con cara de santurrones, lo mirábamos embelesados, claro, era nuestra llave a la gloria. Vestidos adecuadamente para la ocasión y con cascos bajo nuestros brazos, escuchamos los datos técnicos. Casi 1400 metros de longitud, más de diez curvas y una velocidad que podría superar los 120 kilometros por hora. Ante cada dato, una sonrisa se nos marcaba en los rostros y les puedo asegurar que no era sólo producida por la alegría. Creo, y hablo por mis compas, que teníamos también una especie de vacío estomacal ante el reto. Sabiendo que esa tarde había otros dos equipos provenientes de otros países, estábamos dispuestos a dejar la bandera bien alta y vender cara nuestra piel. Nos mirábamos a los ojos y nos dábamos fuerzas como si realmente compitiéramos por algo importante, palabras de aliento salían de nuestras bocas. Nos palmeábamos los hombros con gestos de ahora sí, esta es nuestra, vamos loco con todo. Repasábamos nuestras condiciones físicas para saber qué posición tomar en el trineo y quiénes eran los dos que teníamos que ponerlo en marcha ya que ahí prácticamente estaba la llave de la victoria. Y así, con mucha convicción y concentración, nos lanzamos a la pista al grito de ¡aguante c..o! para pulverizar el tiempo rival en una especie de pseudomística olímpica.

Nota de Iván de Pineda. LA NACION
10 de octubre de 2016

(Procesado por Jorge Luis Icardi...)

EL HELADERO QUE QUERÍA HACER PELÍCULAS EN SAVANNAH, (ESTADOS UNIDOS).

El heladero que quería hacer películas

Un negocio centenario en Savannah, EE.UU., dueño de una rica historia familiar. Me encanta conocer la vida y las historias de las personas con las que interactúo cuando viajo. Sobre todo aquellas que me reciben en sus casas, en sus lugares de trabajo. Este encuentro se dio cita en Savannah, Georgia, en el sur de los Estados Unidos. Se trata de una plácida urbe y una de las ciudades mejor conservadas del Sur de Estados Unidos, considerada por muchos la más linda del país. Llegó a ser uno de los puertos más importantes y fue una de las pocas que durante la Guerra de Secesión, que enfrentó a los ejércitos de la Unión y a los Confederados, no sufrió ningún tipo de represalias por parte del bando vencedor, y así pudo atravesar esta conflagración prácticamente en una pieza. De gran belleza, tiene una de las escuadras urbanas más simpáticas del mundo debido a sus más de veinte plazoletas y espacios públicos rodeados de casas construidas entre los siglos XVII y XVIII. También se la conoce por ser la ciudad mas hechizada del país: a su alrededor se encuentran aproximadamente cincuenta cementerios e infinidad de lugares donde los expertos hablan de extraños sucesos paranormales. Fue, además, escenario de diversas películas como Forrest Gump, Cabo de miedo y Medianoche en el jardín del bien y del mal. Por todo esto, Savannah ha sido siempre un lugar para disfrutar al mejor estilo sureño y dejar que el tiempo pase lentamente. Pero volvamos a mi encuentro. Caminando por la calle East Broughton me paré a la altura del numero 212 y leí el las letras sobre la vieja marquesina: Leopold's. Según aquellos a quienes les había preguntado, ésta era una de las mejores heladerías que se podían encontrar y su dueño, una verdadera personalidad. Stratton Leopold me recibió donde prácticamente se crió: en la heladería abierta por su familia en 1919, cuando tres inmigrantes griegos llamados George, Peter y Basil (sus nombres ya anglicanizados) arribaron al país con una vieja receta. Con mucho trabajo y dedicación lograron inspirar la confianza de sus vecinos y en el día de hoy generaciones de ellos llegan hasta sus puertas y hacen fila (que a veces alcanza la esquina) pacientemente para disfrutar de los helados hechos como hace casi cien años. Pero el pequeño Stratton tenía un sueño: el de hacer películas. Y así, entre bochas de helado y un fugaz paso por la escuela de medicina, un día se dio cuenta de su verdadera pasión. Ya una vez detrás del mostrador y como si todavía fuese un joven adolescente, Stratton me hizo probar las recetas y gustos favoritos de su padre. "Claro -dijo-, en esos años un helado salía cinco centavos.". Pero el cine pudo más y de a poco se fue abriendo camino en la industria. Es por eso que en las paredes de la heladería, acompañando entre otras cosas al mostrador de mas de 70 años de antigüedad, podemos ver carteles de las películas que ha producido, entre las que se encuentran: Misión imposible III, El hombre lobo, Tango & Cash, La hija del general y muchas más. Entre los objetos que también se exhiben en la heladería, hay una cámara de cine de enorme tamaño, una Panavision, compañía de la cual fue vicepresidente de producción. Y ver esa cámara es imaginarse al gran John Huston en acción. Al recibir un enorme helado de tutti-fruti, el gusto a probar sí o sí, le pregunté por qué seguía viviendo en Savannah y atendiendo a la clientela regularmente. Me miró, se sonrió, abrió los brazos, señaló el local y respondió: "Querido Ivan, este es el corazón de mi familia. Aquí di mis primeros pasos. Sin esto no hubiese comprendido la noción del trabajo y sobre todo no hubiera tenido la oportunidad de dedicarme a mi pasión, el cine. Aquí empecé y aquí voy a terminar".

 Nota de Iván de Pineda. LA NACION
10 de octubre de 2016.

(Procesado por Jorge Luis Icardi...)

sábado, 8 de octubre de 2016

DE KATMANDÚ A POKHARA,(NEPAL).

De Katmandú a Pokhara, una carretera surcada por precipicios, curvas y terrenos sinuosos...

Diwakar se aseguró que me despertara temprano y tomara un frugal desayuno para comenzar nuestro periplo en auto de Katmandú a Pokhara, en Nepal.Tan sólo doscientos kilómetros separaban la capital con la tercera ciudad en tamaño del país y cabecera del distrito de Kraski, perteneciente a la zona conocida como Gandaki. El prospecto era inmejorable. Cambiar un poco el aire, salir de la gran ciudad y conocer un valle que comanda una de las vistas más espectaculares del mundo.
La ciudad está ubicada en parte sobre el margen del lago Phewa y, debido al gran incremento de altura de la topografía de la zona en una reducida distancia, pasa prácticamente de un poco más de mil metros a 8000 en una veintena de kilómetros, hace que todo literalmente se te venga a la cara. Y si encima estas vistas están coronadas por dos montañas que forman parte del folklore, no sólo local sino también mundial, mejor todavía. Estoy hablando del Dhaulagiri (deriva del sánscrito, significa "montaña deslumbrante") con 8167 metros de altura y el Annapurna ("diosa de las cosechas"), mito del alpinismo mundial y la montaña más peligrosa para escalar (tal vez con la mayor tasa de mortalidad del mundo). Esto sumado a cuevas, cataratas y la oportunidad de realizar uno de los trekkings más demandantes del mundo era, como ya lo dije y ustedes estarán de acuerdo, un buen prospecto. Pero volvamos a mi despertar en la capital nepalí. El reloj marcaba las seis de la mañana y ya había recibido un par de llamadas de la recepción donde me anunciaban que mi amigo ya estaba allí esperándome con el auto en marcha. En cuestión de minutos, veloz ducha de agua fría y un té en la mano, bajé rápidamente por las escaleras para no ofuscar los humores de Diwakar. Mi impaciente compañero de viaje, como pude observar en mi salida a la calle, miraba su reloj inquieto. Una sonrisa en su rostro al verme me indicó que, o había estado a la altura de sus expectativas, o se regodeaba con mi apariencia: pelo mojado, ojos dormidos, cara de apurado y con la mano libre abrochándome los botones superiores de la camisa. Con Diwakar siempre había dos maneras de ver las cosas. El vehículo que nos esperaba era una desvencijada 4 por 4 noventosa, la cual era motivo de orgullo de Diwakar porque nunca, según él, lo había dejado a pie. De esta manera comenzaba el viaje.
Para nuestras mentes occidentales y citadinas, si hablamos de 200 kilómetros es hablar de un par de horas por una casi lineal carretera. Aquí iba a ser todo lo contrario. Confortablemente sentado en el asiento de acompañante observaba como la ruta se elevaba y enroscaba a medida que realizábamos el camino. El verborrágico Diwakar me explicaba todos y cada uno de los puntos que cruzábamos, como si lo que viniese adelante no importara. El tránsito era copioso. Autos particulares, motos, colectivos y enormes camiones poblaban la angostísima calzada teniendo como límites, por un lado, la ladera de la montaña y, por el otro, dramáticas caídas al vacío con la consecuencia de verme en la necesidad de que cada 50 metros agitara mis brazos pidiéndole atención al camino, lo cual él desmerecía con un movimiento de su mano mientras señalaba alguna particularidad del terreno. Ya ni me acuerdo de cuántas curvas tomamos, cuántos camiones nos soplaron la cara. Tal era la belleza del paisaje que en un momento del viaje me abstraje de lo que sucedía en la ruta. Sabía que todavía nos quedaban más de tres horas de viaje pero estaba maravillado. O me había dado cuenta de que lo importante radicaba en no perderme el increíble paisaje o confiaba ya en la pericia al volante de mi amigo. Con Diwakar siempre había dos maneras de ver las cosas... Apostillas del Licenciado JLI. Fuente: Nota de Iván de Pineda para Revista La Nación, Buenos Aires, Argentina. 18 de marzo de 2016. De la Gran Manzana a Roma y Londres, de El Padrino a Games of Thrones. Por Iván de Pineda. LA NACION. Recientemente llegó a su fin la celebrada serie Game of Thrones y muchos de ustedes, fanáticos de estas laberínticas y atrapantes historias, se quedan pasmados ante los increíbles escenarios naturales que le dan marco al desarrollo del guión. A lo largo de muchos años de viajes me ha tocado recorrer lugares físicos que han quedado impresos en el celuloide de algunas de las escenas mas recordadas de legendarios flicks. Qué les parece si comenzamos por la Gran Manzana, la ciudad de Nueva York, donde cada rincón remite a una historia diferente. De esta manera nos transportamos a las calles de Little Italy y sus inconfundibles calles: Mott st., Mulberry st... Limitante con el barrio chino, este sitio icónico de Manhattan es uno de los centros más importantes de la comunidad italiana inmigrante. Aquí, en El Padrino, de Francis Ford Coppola, llega un joven Vito Corleone, interpretado por el genial Robert de Niro, buscando cambiar el rumbo de su vida o, como le decían los que cruzaban el Atlántico, intentando hacer la América. Muchas de sus calles no han cambiado nada en las últimas décadas y las decenas de restaurantes, panaderías e iglesias le dan ese toque tan propio ítaloamericano, con voces estentóreas que suenan por lo alto, con ese característico acento. Cuando uno camina por esas calles, los simpáticos gritos de los mozos conminan a entrar por un plato de pasta. Nada como sentarse en una pequeña cafetería para disfrutar un tradicional cannoli siciliano y escuchar al gran Luciano Pavarotti y al enorme Caruso. Cambiamos rápidamente de escenario, como si pudiésemos teletransportarnos, y llegamos a la ciudad eterna, Roma. Ya me hubiera gustado ser por unos segundos Marcello Mastroianni a bordo de su descapotable y perderme en la mirada de la majestuosa sueca Anita Ekberg -actriz fetiche del magistral Federico Fellini-, con el agua por las rodillas en la Fontana di Trevi. Roma tiene ese encanto de ser absolutamente timeless, al contrario de la Gran Manzana, que necesita ser vertiginosa. Muchas veces en mi visitas a esta ciudad me he acercado a los sitios mas visitados y populares de la ciudad recién entrada la madrugada en los meses de primavera. Les puedo asegurar que de hacer lo mismo se encontrarán hipnotizados por la quietud de la belleza. Me traslado a Londres, donde Sherlock Holmes siempre fue y sigue siendo uno de mis favoritos de todos los tiempos. Me acuerdo de esa primera escena de ciertas películas filmadas hace más de medio siglo, con la silueta del Parlamento y el Big Ben escondidos bajo una fuerte bruma (en realidad producto del humo de carbón de las chimeneas). Puedo acordarme de los gestos de Basil Rathbone personificando al ilustre detective, y sobre todo rememorar con exactitud la primera vez que me paré enfrente de 221b Baker Street. Era una de mis primeras visitas a la capital inglesa. Un simple adolescente con la sonrisa mas grande jamás vista. Pero volviendo a Game of Thrones y sus escenarios, no importa cuán fantasiosa o lejana la historia sea. Cuán real o ficticia. Cuán cruel o bondadosa sea. Las historias han sido ubicadas muchas veces en lugares que existen, que son tangibles. Por eso siempre que viajo me hago un espacio para conocer estos inolvidables escenarios, donde puedo imaginar a esos genios de la pantalla. Para mí, es una inmejorable forma de seguir soñando despierto. Nota de Iván de Pineda.La Nación. Procesado por Jorge Luis Icardi. 8 de octubre de 2016. De Katmandú a Pokhara. Una carretera surcada por precipicios, curvas y terrenos sinuosos. Diwakar se aseguró que me despertara temprano y tomara un frugal desayuno para comenzar nuestro periplo en auto de Katmandú a Pokhara, en Nepal.Tan sólo doscientos kilómetros separaban la capital con la tercera ciudad en tamaño del país y cabecera del distrito de Kraski, perteneciente a la zona conocida como Gandaki. El prospecto era inmejorable. Cambiar un poco el aire, salir de la gran ciudad y conocer un valle que comanda una de las vistas más espectaculares del mundo. La ciudad está ubicada en parte sobre el margen del lago Phewa y, debido al gran incremento de altura de la topografía de la zona en una reducida distancia, pasa prácticamente de un poco más de mil metros a 8000 en una veintena de kilómetros, hace que todo literalmente se te venga a la cara. Y si encima estas vistas están coronadas por dos montañas que forman parte del folklore, no sólo local sino también mundial, mejor todavía. Estoy hablando del Dhaulagiri (deriva del sánscrito, significa "montaña deslumbrante") con 8167 metros de altura y el Annapurna ("diosa de las cosechas"), mito del alpinismo mundial y la montaña más peligrosa para escalar (tal vez con la mayor tasa de mortalidad del mundo). Esto sumado a cuevas, cataratas y la oportunidad de realizar uno de los trekkings más demandantes del mundo era, como ya lo dije y ustedes estarán de acuerdo, un buen prospecto. Pero volvamos a mi despertar en la capital nepalí. El reloj marcaba las seis de la mañana y ya había recibido un par de llamadas de la recepción donde me anunciaban que mi amigo ya estaba allí esperándome con el auto en marcha. En cuestión de minutos, veloz ducha de agua fría y un té en la mano, bajé rápidamente por las escaleras para no ofuscar los humores de Diwakar. Mi impaciente compañero de viaje, como pude observar en mi salida a la calle, miraba su reloj inquieto. Una sonrisa en su rostro al verme me indicó que, o había estado a la altura de sus expectativas, o se regodeaba con mi apariencia: pelo mojado, ojos dormidos, cara de apurado y con la mano libre abrochándome los botones superiores de la camisa. Con Diwakar siempre había dos maneras de ver las cosas. El vehículo que nos esperaba era una desvencijada 4 por 4 noventosa, la cual era motivo de orgullo de Diwakar porque nunca, según él, lo había dejado a pie. De esta manera comenzaba el viaje. Para nuestras mentes occidentales y citadinas, si hablamos de 200 kilómetros es hablar de un par de horas por una casi lineal carretera. Aquí iba a ser todo lo contrario. Confortablemente sentado en el asiento de acompañante observaba como la ruta se elevaba y enroscaba a medida que realizábamos el camino. El verborrágico Diwakar me explicaba todos y cada uno de los puntos que cruzábamos, como si lo que viniese adelante no importara. El tránsito era copioso. Autos particulares, motos, colectivos y enormes camiones poblaban la angostísima calzada teniendo como límites, por un lado, la ladera de la montaña y, por el otro, dramáticas caídas al vacío con la consecuencia de verme en la necesidad de que cada 50 metros agitara mis brazos pidiéndole atención al camino, lo cual él desmerecía con un movimiento de su mano mientras señalaba alguna particularidad del terreno. Ya ni me acuerdo de cuántas curvas tomamos, cuántos camiones nos soplaron la cara. Tal era la belleza del paisaje que en un momento del viaje me abstraje de lo que sucedía en la ruta. Sabía que todavía nos quedaban más de tres horas de viaje pero estaba maravillado. O me había dado cuenta de que lo importante radicaba en no perderme el increíble paisaje o confiaba ya en la pericia al volante de mi amigo. Con Diwakar siempre había dos maneras de ver las cosas...

Nota de Iván de Pineda.La Nación
8 de octubre de 2016

(Procesado por Jorge Luis Icardi...)
  

GUITARRAS Y BOAS EN NASHVILLE, (ESTADOS UNIDOS).

En Nashville, un coleccionista unió su pasión por la música y su vocación de zoólogo. "Las vueltas de la vida", me dijo George. Este verdadero personaje me recibió en la entrada de su negocio de Nashville, en el estado de Tennessee. Esta ciudad de 700.000 habitantes es la capital del estado, y fue considerada durante mucho tiempo la Atenas del Sur, por sus instituciones educativas y construcciones. Tal es así que para la celebración del centenario del estado se construyó una réplica exacta y a escala del Partenón ateniense, donde hoy, en su interior, se ve una copia de la estatua de Atenea Partenos, obra original del gran Fidias. También Nashville es una de las mecas de la industria de la música en los Estados Unidos (se dice que quien quiere ser actor va a Hollywood y quien quiere ser músico llega aquí), por lo cual se la denomina Music City.
Con una importante proliferación de compañías discográficas y famosos honky tonks, bares con música en vivo distribuidos la mayoría de ellos sobre la calle Broadway, es imposible escaparle al sonido, ya que no importa a qué hora del día uno camine por la ciudad siempre se va a encontrar con alguien, guitarra en mano, dando un show, ya sea en la calle, restaurante, bar u hotel. Esta ciudad es también el hogar de uno de los estudios de grabación míticos de la industria de la música: el Studio B de la compañía RCA. En este templo de la música grabaron algunos de los nombres más importantes de la industria, entre ellos dos gigantes: Elvis Presley y Johnny Cash. Por ende, no fue sorpresa cuando me dijeron que si me gustaba la música, lo tenía que conocer a George, que me esperó casi al filo del cierre de su tienda de guitarras. Se preguntarán qué tiene de especial esta tienda de guitarras en Nashville: todas pueden tener algo diferente, pero ninguna como la de George. Con una remera gastada, pantalones cargo, sandalias y el pelo atado en colita, George, zoólogo de vocación y estudio, posee una de las colecciones privadas de guitarras más importantes del mundo. Para completar su introducción, basta decir que Eric Clapton es uno de sus clientes vip, así que estaba expectante por lo que podía suceder... En las paredes no había un solo espacio vacío: el mundo de las cuerdas se veía casi totalmente representado, guitarras, bajos, banjos, mandolinas. Todo impecablemente colgado mediante soportes. Pero lo mejor estaba en el tercer piso. Aquí estaba su sacrosanto. Lo mejor de su colección se hallaba en esa pared. Y ni les quiero hablar de los precios de algunos de sus ítems, con guitarras valuadas en más de medio millón de dólares. Con devoción hablaba de cómo fue que una simple vuelta de la vida lo había llevado a comenzar hacía casi cincuenta años con su colección. De pequeño y ya un zoólogo en ciernes, llevaba todo tipo de alimañas a su casa.
Su madre y su padre, psiquiatras de profesión, le regalaron su primera guitarra tratando de que el niño dejara de convertir su casa en un zoológico, lo cual se plasmó en las paredes cargadas de cada instrumento que veía. Pero mientras me contaba esto se rio como un verdadero chiquillo y me invitó a pasar a su oficina. Aquí, entre más mandolinas, guitarras y banjos, George no se había olvidado de su primer amor: transformó este espacio en una gran colección herpetológica. En las paredes, en el piso, donde hubiera lugar, peceras de todos los tamaños contenían una muestra de algunas de las especies de serpientes más raras y exóticas del mundo, siendo la reina una inmensa boa constrictor que nos observaba seriamente desde el otro lado del cristal. El universo animal y el musical, conviviendo en Nashville, un lugar fascinante.

  Nota de Iván de Pineda. LA NACION

(Procesado por Jorge Luis Icardi...)

CATEDRAL DE COLONIA, (ALEMANIA).

Catedral de Colonia, una edificación que atesora reliquias mágicas

Desde Deutz se la ve como la gran mole que es. La vista a través del río Rin es una inmejorable postal del lugar más visitado de Alemania. Mientras Mathias me explicaba un sinfín de cuestiones que tienen que ver con el desarrollo y crecimiento de la ciudad, le prestaba realmente poca atención ya que no podía dejar de admirar uno de los edificios más emblemáticos del país: la Catedral de Colonia.
Su nombre completo es Iglesia Catedral de San Pedro, una de las más grandes del mundo y que, sorprendentemente, tomó cientos y cientos de años completarse. Comenzó a construirse en el siglo XIII, allá por el año 1248, y la obra siguió casi ininterrumpidamente hasta casi finales del siglo XV, cuando se suspendieron los trabajos y quedó inconclusa por más de 400 años, cuando de manera fortuita se encontraron los planos originales y se decidió completar el trabajo comenzado siglos y edades atrás. Con Mathias ya habíamos comenzado nuevamente nuestra caminata a lo largo del río Rin para cruzar nuevamente hacia el Aldstadt, en el centro de la ciudad, y nuestra charla vagaba por la importancia de este curso de agua europeo que conecta importantes ciudades y países, es una de las cuencas industriales más importantes del mundo y es una frontera natural entre Francia y Alemania. Nuestro derrotero y charla fluía libremente sin parar y recorriendo una ruta que, si bien no era incierta, resultaba aleatoria para cruzar el río. Entre muchos de los cuentos, anécdotas e historias, una de las que más se destaca tiene que ver con uno de los productos más vendidos en el mundo y de uso cotidiano: la famosa Agua de Colonia. Sí, de aquí proviene este perfume creado por un inmigrante italiano en el siglo XVIII, el cual, hoy en día, se ha transformado en uno de los íconos de la ciudad. Esta charla ya nos había llevado al otro lado del río y nos movíamos por el centro histórico de la ciudad, lentamente y admirando los edificios, en su gran mayoría reconstruidos después de la Segunda Guerra Mundial. La Hohe Strasse o Calle Alta desde tiempos romanos fue la calle principal de la ciudad, y ese día lo demostraba en todo su esplendor: tiendas, negocios, panaderías, restaurantes y bares (siendo Colonia la ciudad con más bares por ciudadanos de toda Alemania) repletos de alegres personas que disfrutaban de la reciente finalización del invierno, vistiendo livianos hábitos, acostumbrados al frío que todavía venía del Norte, mientras yo había decidido, por suerte, llevar una campera que no me salvaba de tiritar un poco cuando soplaba una ráfaga más fuerte de lo habitual. Ya estábamos a poco más de una centena de metros de la Catedral y Mathias había prometido que me iba a sorprender. "Hay algo que tiene este lugar, me contaba, difícil de explicar. Ha sido durante tanto tiempo un punto de referencia urbano, un foco de estudio y un refugio para muchos. Puedo asegurar, seguía reflexionando, que Colonia es la Catedral y la Catedral es Colonia, porque durante casi mil años, la historia de una es la historia de la otra." Y fue así. Ante mí se alzó esta mole gótica, con sus torres en espiral subiendo 157 metros al cielo, con sus ventanas y arbotantes, la campana de San Pedro (que pesa 24 toneladas) y una última y simpática sorpresa que automáticamente me llevó a los tiempos de mi niñez: las reliquias de los Reyes Magos, supuestamente traídas aquí por Federico I Barbarroja. Así que no hice más que entrar y me perdí en sus inmensas naves centrales.

Notta de Iván de Pineda. LA NACION
8 de octubre de 2016

(Procesado por Jorge Luis Icardi...)