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jueves, 23 de diciembre de 2021

POR UN IDIOMA SIN "IDIOMO"

     

Se ha extendido una manía

entre parlantes ladinos

de acuñarle el femenino

a quien nunca lo tendría,

si no tiene "dío" el día,

y el trigo no tiene "triga",

que existen las "gobernantas",

tampoco las "estudiantas",

ni  "hormigo" entre las hormigas.



Aunque lo intenten comprar

con millones y "millonas"

un trono no tiene "trona"

ni "jaguara" has de llamar

a la hembra del jaguar,

y aunque el loro tenga Lora,

y tenga una flor la flora

mi lógica no se aplaca:

no tienen "vacos" las vacas

ni los toros tienen "toras".



Aunque las libras existan

con los libros no emparejan,

y tampoco se cotejan

suelos, que de suelas distan,

por mucho o "mucha" que insistan

mi mano no tiene "mana",

no tiene "rano" la rana

y foco no va con foca,

ni utilizando por boca

al masculino de Ana!.



    Roberto Santamaría-Betancourt

Grupo de la     Ortografía Española

23-08-2021            bb

jueves, 9 de diciembre de 2021

Las tres rejas

El joven discípulo de un filósofo sabio llegó a casa de este y le dijo: —Maestro, un amigo suyo estuvo hablando mal de usted. —¡Espera! —lo interrumpió el filósofo—. ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme? —¿Las tres rejas? —Sí. La primera es la reja de la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto? —No; lo oí comentar a unos vecinos. —Entonces al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Esto que deseas decirme, ¿es bueno para alguien? —No, en realidad no. Al contrario... — ¡Vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta? —A decir verdad, no. —Entonces —dijo el sabio sonriendo—, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido. __._,_.___ El joven discípulo de un filósofo sabio llegó a casa de este y le dijo: —Maestro, un amigo suyo estuvo hablando mal de usted. —¡Espera! —lo interrumpió el filósofo—. ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme? —¿Las tres rejas? —Sí. La primera es la reja de la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto? —No; lo oí comentar a unos vecinos. —Entonces al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Esto que deseas decirme, ¿es bueno para alguien? —No, en realidad no. Al contrario... — ¡Vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta? —A decir verdad, no. —Entonces —dijo el sabio sonriendo—, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido. __._,_.___

domingo, 28 de noviembre de 2021

La pequeña planta

Teresa se levantaba todas las mañanas y lo primero que hacía era ir a ver la plantita que tenía en la ventana de la  cocina. Le ponía agua, removía la tierra, lustraba sus hojas, pero la plantita no se ponía linda, sino al contrario, cada vez estaba más amarilla y caída. Lo comentó con las vecinas y una le dijo que tenía que hablar a su planta. Desde entonces agregó largas conversaciones a la rutina diaria del cuidado; ¡hasta llegó a explicarle las recetas de la comida que preparaba! Pero nada    El almacenero le dijo que tenía que poner media aspirina en la tierra, y también lo hizo. Por fin, se dio por vencida, la puso en el rincón más alejado del patio y, con el tiempo se olvidó que estaba ahí. Se fue de vacaciones, pasaron varios días y, a la vuelta, encontró una hermosa planta en el lugar donde había dejado la plantita medio muerta. Como una vecina había regado sus plantas y le había dado de comer al gato, ella creyó que se trataba de un regalito, que había dejado esta señora.

    Pero, al mirar bien, reconoció el masetero y el inconfundible tallo de su vieja plantita. Comprendió algo muy importante: no se trataba de identificar los cuidados, ni de hablar, ni de poner aspirinas…se trataba de que la planta estuviera en el lugar apropiado donde crecer.

     El lugar de esa plantita no era donde ella quería sino en el rincón alejado del patío que, aunque no era de su gusto, es lo que la planta necesitaba.

 

    Para ser capaz de dar la libertad a los hijos, a los alumnos, a los empleados, o a cualquier persona que dependa de uno,, esa mentalidad hay que cultivarla desde pequeño; difícilmente puede aprender algo tan importante cuando uno ya tiene su vida hecha.

                                                                   

                                   Autores: María Inés Casalá y Juan Carlos Pisano.

      

jueves, 25 de noviembre de 2021

El último Viaje del Buque Fantasma

Ahora van a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después de que viera por primera vez el trasatlántico inmenso, sin luces v sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el transatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la bahía, buscando con tanteos de sonámbulo las boyas que señalaban el canal del puerto, hasta que algo debió fallar en sus agujas de orientación, porque derivó hacia los escollos, tropezó, saltó en pedazos y se hundió sin un solo ruido, aunque semejante encontronazo con los arrecifes era para producir un fragor de hierros y una explosión de máquinas que helaran de pavor a los dragones más dormidos en la selva prehistórica que empezaba en las últimas calles de la ciudad y terminaba en el otro lado del mundo, así que él mismo creyó que era un sueño, sobre todo al día siguiente, cuando vio el acuario radiante de la bahía, el desorden de colores de las barracas de los negros en las colinas del puerto, las goletas de los contrabandistas de las Guayanas recibiendo su cargamento de loros inocentes con el buche lleno de diamantes, pensó, me dormí contando las estrellas y soñé con ese barco enorme, claro, quedó tan convencido que no se lo contó a nadie ni volvió a acordarse de la visión hasta la misma noche del marzo siguiente, cuando andaba buscando celajes de delfines en el mar y lo que encontró fue el trasatlántico ilusorio, sombrío, intermitente, con el mismo destino equivocado de la primera vez, sólo que él estaba entonces tan seguro de estar despierto que corrió a contárselo a su madre, y ella pasó tres semanas gimiendo de desilusión, porque se te está pudriendo el seso de tanto andar al revés, durmiendo de día y aventurando de noche como la gente de mala vida, y como tuvo que ir a la ciudad por esos días en busca de algo cómodo en que sentarse a pensar en el marido muerto, pues a su mecedor se le habían gastado las balanzas en once años de viudez, aprovechó la ocasión para pedirle al hombre del bote que se fuera por los arrecifes de modo que el hijo pudiera ver lo que en efecto vio en la vidriera del mar, los amores de las mantarayas en primaveras de esponjas, los pargos rosados y las corvinas azules zambulléndose en los pozos de aguas más tiernas que había dentro de las aguas, y hasta las cabelleras errantes de los ahogados de algún naufragio colonial, pero ni rastros de trasatlánticos hundidos ni qué niño muerto, y sin embargo, él siguió tan emperrado que su madre prometió acompañarlo en la vigilia del marzo próximo, seguro, sin saber que ya lo único seguro que había en su porvenir era una poltrona de los tiempos de Francis Drake que compró en un remate de turcos, en la cual se sentó a descansar aquella misma noche, suspirando, mi pobre Holofernes, si vieras lo bien que se piensa en ti sobre estos forros de terciopelo y con estos brocados de catafalco de reina, pero mientras más evocaba al marido muerto más le borboritaba y se le volvía de chocolate la sangre en el corazón, como si en vez de estar sentada estuviera corriendo, empapada de escalofríos y con la respiración llena de tierra, hasta que él volvió en la madrugada y la encontró muerta en la poltrona, todavía caliente pero ya medio podrida como los picados de culebra, lo mismo que les ocurrió después a otras cuatro señoras, antes de que tiraran en el mar la poltrona asesina, muy lejos, donde no le hicieran mal a nadie, pues la habían usado tanto a través de los siglos que se le había gastado la facultad de producir descanso, de modo que él tuvo que acostumbrarse a su miserable rutina de huérfano, señalado por todos como el hijo de la viuda que llevó al pueblo el trono de la desgracia, viviendo no tanto de la caridad pública como del pescado que se robaba en los botes, mientras la voz se le iba volviendo de bramante y sin acordarse más de sus visiones de antaño hasta otra noche de marzo en que miró por casualidad hacia el mar, y de pronto, madre mía, ahí está, la descomunal ballena de amianto, la bestia berraca, vengan a verlo, gritaba enloquecido, vengan a verlo, promoviendo tal alboroto de ladridos de perros y pánicos de mujer, que hasta los hombres más viejos se acordaron de los espantos de sus bisabuelos y se metieron debajo de la cama creyendo que había vuelto William Dampier, pero los que se echaron a la calle no se tomaron el trabajo de ver el aparato inverosímil que en aquel instante volvía a perder el oriente y se desbarataba en el desastre anual, sino que lo contramataron a golpes y lo dejaron tan mal torcido que entonces fue cuando él se dijo, babeando de rabia, ahora van a ver quién soy yo, pero se cuidó de no compartir con nadie su determinación sino que pasó el año entero con la idea fija, ahora van a ver quién soy yo, esperando que fuera otra vez la víspera de las apariciones para hacer lo que hizo, ya está, se robó un bote, atravesó la bahía y pasó la tarde esperando su hora grande en los vericuetos del puerto negrero, entre la salsamuera humana del Caribe, pero tan absorto en su aventura que no se detuvo como siempre frente a las tiendas de los hindúes a ver los mandarines de marfil tallados en el colmillo entero del elefante, ni se burló de los negros holandeses en sus velocípedos ortopédicos, ni se asustó como otras veces con los malayos de piel de cobra que le habían dado la vuelta al mundo cautivados por la quimera de una fonda secreta donde vendían filetes de brasileras al carbón, porque no se dio cuenta de nada mientras la noche no se le vino encima con todo el peso de las estrellas y la selva exhaló una fragancia dulce de gardenias y salamandras podridas, y ya estaba él remando en el bote robado hacia la entrada de la bahía, con la lámpara apagada para no alborotar a los policías del resguardo, idealizado cada quince segundos por el aletazo verde del faro y otra vez vuelto humano por la oscuridad, sabiendo que andaba cerca de las boyas que señalaban el canal del puerto no sólo porque viera cada vez más intenso su fulgor opresivo sino porque la respiración del agua se iba volviendo triste, y así remaba tan ensimismado que no supo de dónde le llegó de pronto un pavoroso aliento de tiburón ni por qué la noche se hizo densa como si las estrellas se hubieran muerto de repente, y era que el trasatlántico estaba allí con todo su tamaño inconcebible, madre, más grande que cualquier otra cosa grande en el mundo y más oscuro que cualquier otra cosa oscura de la tierra o del agua, trescientas mil toneladas de olor de tiburón pasando tan cerca del bote que él podía ver las costuras del precipicio de acero, sin una sola luz en los infinitos Ojos de buey, sin un suspiro en las máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto, su tiempo parado, su mar errante en el que flotaba un mundo entero de animales ahogados, y de pronto todo aquello desapareció con el lamparazo del faro y por un instante volvió a ser el Caribe diáfano, la noche de marzo, el aire cotidiano de los pelícanos, de modo que él se quedó solo entre las boyas, sin saber qué hacer, preguntándose asombrado si de veras no estaría soñando despierto, no sólo ahora sino también las otras veces, pero apenas acababa de preguntárselo cuando un soplo de misterio fue apagando las boyas desde la primera hasta la última, así que cuando pasó la claridad del faro el trasatlántico volvió a aparecer v ya tenía las brújulas extraviadas, acaso sin saber siquiera en qué lugar de la mar océana se encontraba, buscando a tientas el canal invisible pero en realidad derivando hacia los escollos, hasta que él tuvo la revelación abrumadora de que aquel percance de las boyas era la última clave del encantamiento, v encendió la lámpara del bote, una mínima lucecita roja que no tenía por qué alarmar a nadie en los minaretes del resguardo, pero que debió ser para el piloto como un sol oriental, porque gracias a ella el trasatlántico corrigió su horizonte y entró por la puerta grande del canal en una maniobra de resurrección feliz, y entonces todas sus luces se encendieron al mismo tiempo, las calderas volvieron a resollar, se prendieron las estrellas en su cielo y los cadáveres de los animales se fueron al fondo, y había un estrépito de platos y una fragancia de salsa de laurel en las cocinas, y se oía el bombardino de la orquesta en las cubiertas de luna y el tumtum de las arterias de los enamorados de altamar en la penumbra de los camarotes, pero él llevaba todavía tanta rabia atrasada que no se dejó aturdir por la emoción ni amedrentar por el prodigio, sino que se dijo con más decisión que nunca que ahora van a ver quién soy yo, carajo, ahora lo van a ver, y en vez de hacerse a un lado para que no lo embistiera aquella máquina colosal empezó a remar delante de ella, porque ahora sí van a saber quién soy yo, v siguió orientando el buque con la lámpara hasta que estuvo tan seguro de su obediencia que lo obligó a descorregir de nuevo el rumbo de los muelles, lo sacó del canal invisible y se lo llevó de cabestro como si fuera un cordero de mar hacia las luces del pueblo dormido, un barco vivo e invulnerable a los haces del faro que ahora no lo invisibilizaban sino que lo volvían de aluminio cada quince segundos, y allá empezaban a definirse las cruces de la iglesia, la miseria de las casas, la Ilusión, y todavía el trasatlántico iba detrás de él, siguiéndolo con todo lo que llevaba dentro su capitán dormido del lado del corazón, los toros de lidia en la nieve de sus despensas, el enfermo solitario en su hospital, el agua huérfana de sus cisternas, el piloto irredento que debió confundir los farallones con los muelles porque en aquel instante reventó el bramido descomunal de la sirena, una vez, y él quedó ensopado por el aguacero de vapor que le cayó encima, otra vez, y el bote ajeno estuvo a punto de zozobrar, y otra vez, pero ya era demasiado tarde, porque ahí estaban los caracoles de la orilla, las piedras de la calle, las puertas de los incrédulos, el pueblo entero iluminado por las mismas luces del trasatlántico despavorido, v él apenas tuvo tiempo de apartarse para darle paso al cataclismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen, cabrones, un segundo antes de que el tremendo casco de acero descuartizara la tierra y se oyera el estropicio nítido de las noventa mil quinientas copas de champaña que se rompieron una tras otra desde la proa hasta la popa, v entonces se hizo la luz, y ya no fue más la madrugada d e marzo sino el medio día de un miércoles radiante, y él pudo darse el gusto de ver a los incrédulos contemplando con la boca abierta el trasatlántico más grande de este mundo y del otro encallado frente a la iglesia, más blanco que todo, veinte veces más alto que la torre y como noventa y siete veces más largo que el pueblo, con el nombre grabado en letras de hierro, balalcsillag, y todavía chorreando por sus flancos las aguas antiguas y lánguidas             de los mares de la muerte.

    

Gabriel García Márquez 

jueves, 18 de noviembre de 2021

La historia de Latif

Latif era el pordiosero más pobre de la ciudad, dormía cada noche en el zaguán de una casa diferente. Sin embargo, era considerado el hombre más sabio del pueblo.
Una mañana el rey apareció en la plaza, y hasta que tropezó con Latif sus súbditos le contaron de él. El rey, divertido, se acercó al mendigo y le dijo: "Si me contestas una pregunta, te doy esta moneda de oro".
"¿Cuál es tu pregunta?" fue la respuesta  de Latif, y el rey se sintió desafiado. Entonces, se despachó con una cuestión que hacía días lo angustiaba y que no podía resolver. La respuesta de Latif fue justa y creativa. El rey se sorprendió y dejó su moneda a los pies del mendigo.
Al día siguiente, el rey volvió y le hizo otra pregunta, siendo otra vez contestada rápida y sabiamente por Latif.
"Latif, te necesito" le dijo el rey, "Te pido que vengas a mi palacio y seas mi asesor. Te prometo que no te faltará nada" juró el mismo.
Latif aceptó su propuesta. Durante las siguientes semanas, las consultas del rey se hicieron habituales. Obviamente, esto desencadenó los celos de todos los cortesanos. Un día todos los demás asesores pidieron audiencia al rey y le dijeron:
"Tu "amigo" Latif, como tú le llamas, está conspirando para derrocarte".
"No puede ser, no lo creo" dijo el rey.
"Puedes confirmarlo con tus propios ojos" replicaron los demás.
El rey se sintió defraudado y dolido por lo que debía confirmar esas versiones. Esa tarde, a las cinco, aguardaba oculto en el recodo de una escalera. Desde allí vio cómo, en efecto, Latif llegaba a la puerta, miraba hacia los lados y con la llave que colgaba de su cuello, abría la puerta de madera y se escabullía sigilosamente dentro del cuarto.
"¿Lo visteis?" gritaron los cortesanos. Seguido de su guardia personal, el monarca golpeó la puerta.
"¿Quién es?" preguntó Latif desde adentro.
"Soy yo, el rey" dijo el soberano. "ábreme".
Latif abrió la puerta. No había nadie salvo él, Ninguna puerta, o ventana, ninguna puerta secreta, ningún mueble que permitiera ocultar a alguien. Sólo había en el piso un plato de madera desgastado, en un rincón una vara de caminante y en el centro de la pieza una túnica raída colgando de un gancho en el techo.
"¿Estás conspirando contra mí, Latif? ¿Cómo se te ocurre?" interrogó el monarca.
"Majestad..." dijo Latif. "De ninguna forma, ¿Por qué lo haría?".
"Pues vienes aquí cada tarde en secreto. ¿Qué es lo que buscas si no te ves con nadie? ¿Para qué vienes a este cuchitril a escondidas?".
Latif sonrió y se acercó a la túnica rotosa que pendía del techo, la acarició y le dijo al rey: "Hace seis meses, cuando llegué a tu castillo, lo único que tenía eran esta túnica, este plato y esta vara de madera. Ahora me siento tan cómodo con la ropa que visto, es tan confortable la cama en la que duermo, es tan halagador el respeto que me das y tan fascinante el poder que regala mi lugar a tu lado... Que vengo cada día para estar seguro de una sola cosa, no olvidar nunca quién soy ni de dónde vine".

    Cuento anónimo.     

martes, 16 de noviembre de 2021

Táctica y Estrategia

(por Mario Benedetti)

Mi táctica es mirarte,

aprender como sos,

quererte como sos.

Mi táctica es hablarte

y escucharte,

construir con palabras

un puente indestructible.

Mi táctica es

quedarme en tu recuerdo,

no sé cómo ni sé con qué pretexto,

pero quedarme en vos.

Mi táctica es ser franco

y saber que sos franca

y que no nos vendamos simulacros

para que entre los dos

no haya telón ni abismos.

Mi estrategia es,

en cambio,

más profunda y más simple.

Mi estrategia es,

que un día cualquiera,

no sé cómo ni sé con qué pretexto,

por fin me necesites.

lunes, 15 de noviembre de 2021

sábado, 13 de noviembre de 2021

A mirar contigo Señor

.

 

Amo ver el sol que alumbra el roció,

En el césped por las mañanas al despertar con Tigo.

Amo ver el amanecer cuando todavía te miro

El vapor que exhalo, aún hace frío.

 

¿Cómo son los? colores Quieres saber amigo,

Son como aún los percibo y quiero guardar conmigo.

Cuando preguntaste aún hoy te miro,

Y con lágrimas sonrió,

los colores son cálidos como el abrazo abrigo,

Y frescos como el anochecer y descanso merecido.

 

Amo los colores en la naturaleza porque Te siento cerca y te ciento vivo,

Ver en las alturas el firmamento mismo,

Construir con nubes, descifrar texturas y colectivos,

mirar con todos los sentidos.

 

Amo el color de tu voz de niña, adolescente en camino,

Tu risa pintando sueños infinitos.

Amo la esperanza de Tu Palabra, “la niña de tus ojos has dicho.

Los colores son eso nomas amigo.

 

¿Cómo son los colores quieres saber amigo?,

Son como los percibo y quiero guardar contigo.

Cuando preguntaste, aún hoy te miro, y

con lágrimas sonrío, los colores son esos nada más amigo.

                                                                       Autora:VERONICA ALMEIDA.

  

jueves, 4 de noviembre de 2021

Los tres árboles

Había una vez tres árboles en una colina de un bosque. Hablaban acerca de sus sueños y planes de futuro. – «Algún día seré cofre de tesoros. Estaré lleno de oro, plata y piedras preciosas. Todos verán mi belleza». – dijo el primer árbol. El segundo árbol dijo: «Algún día seré un gran barco donde viajen los más grandes reyes y reinas a través de los océanos. Todos se sentirán seguros por mi fortaleza y mi poderoso casco». Finalmente, el tercer árbol dijo: «Yo quiero crecer para ser el más alto de todos los árboles en el bosque. Así estaré cerca de Dios. Seré el árbol más grande de todos los tiempos y la gente siempre me recordará». Durante años, los tres árboles oraban a Dios para que sus sueños se convirtieran en realidad. Un día, un leñador los taló y se los vendió a unos carpinteros. Con el primer árbol hicieron un cajón de comida para animales, y fue puesto en un pesebre y llenado con paja. Se sintió muy mal pues eso no era lo que él había pedido tanto. El segundo árbol fue cortado y convertido en una pequeña barquita de pesca, y fue puesto en un lago. Sus sueños de ser una gran embarcación habían llegado a su fin. El tercer árbol fue cortado en largas y pesadas tablas y lo abandonaron en la oscuridad de un almacén. Al verse así, los tres árboles sintieron que sus planes habían fracasado. Sin embargo, una noche, José y María llegaron al establo y pusieron al Niño Jesús en el pesebre. Entonces el primer árbol descubrió que había contenido el mayor tesoro de la humanidad. Años más tarde, Jesús y algunos discípulos subieron a la pequeña barca para cruzar el lago de Galilea. Durante la travesía, una gran tormenta se desató y el árbol pensó que no sería lo suficientemente fuerte para salvarlos. Pero Jesús se levantó y calmó la tempestad. Y el segundo árbol descubrió que llevaba al Rey de todos los reyes y Señor de señores. Finalmente, alguien cogió dos de las tablas que estaban en el almacén y sobre ellas crucificaron a Jesús. Cuando llegó el domingo, Jesús resucitó y el tercer árbol sintió que había estado más cerca de Dios de lo que nunca pudo imaginar. La moraleja de esta Historia es: Cuando parece que las cosas no van de acuerdo a tus planes, debes saber que siempre Dios tiene el mejor plan para ti. Cada árbol consiguió lo que había soñado, aunque no de la forma que habían planeado.

Abre la ventana de tu corazón

Abre la ventana de tu corazón, y deja airearse el alma. 

 

VENTANAS DE LA VIDA

Libérate  del residuo amargo del dolor  y del rencor,  haz limpieza en  los cristales de la ventana del corazón, verás   mejor la vida.

Deja la luz inundar todo, borrar las marcas de las decepciones, las tristezas del fracaso, el vicio de sufrir por sufrir, y permite que el sol derrita el hielo de la soledad.

Enamórate de una sonrisa y sonríe también... ilumina las ventanas de los ojos, ama a la persona que el espejo refleja todas las mañanas.

Abre las ventanas de los antojos y derrocha sueños , nadie sueña vanamente ... y no es verdad que los sueños huyen

Construye, día a día, escalones para que puedas llegar hasta tu meta después aplaudirás porque lo  conseguiste. 

No permitas que ninguna sombra borre el sol, que ninguna pared aprisione el viento y calle el sonido de la vida.

Diseña un horizonte más allá de tu ventana. Haz florecer todos los campos que tu vista alcanza, después ve más allá.                                                              

Expón en la ventana la alegría de vivir, muestra al mundo un rostro luminoso, una faz sin arrugas de preocupaciones, lista para ser acariciada, admirada y besada.

Siembra ternura, un  gesto, una frase dulce o un suspiro, alguno escuchará y devolverá el eco de tu voz.

Desvía  tu mirada de las cosas tristes e infelices, transforma en oasis toda la aridez que aparece a través de tu ventana.

Esparce el polvo dorado de tus sueños más allá de la ventana, planta flores, permite que las semillas de la felicidad  se depositen y contaminen toda la tierra.

Rehace tus creencias, redime equívocos y  culpas, regenera errores y  fallos, distribuye el perdón.                     Valora siempre  lo mejor de cada persona y lo mejor que hay en ti...

Abre la ventana de la vida y que se llene de cada cosa,  aunque parezca  pequeña.                                                Vive la forma adulta de ser niño. Abre  la ventana  y no mires  pasar la  vida, VIVELA.

 

  

miércoles, 20 de octubre de 2021

Cuento: EXISTE UN HOMBRE QUE TIENE LA COSTUMBRE DE PEGARME CON UN PARAGUAS EN LA CABEZA

Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza. Justamente hoy se cumplen cinco años desde el día en que empezó a pegarme con el paraguas en la cabeza. En los primeros tiempos no podía soportarlo; ahora estoy habituado.

No sé cómo se llama. Sé que es un hombre común, de traje gris, levemente canoso, con un rostro vago. Lo conocí hace cinco años, en una mañana calurosa. Yo estaba leyendo el diario, a la sombra de un árbol, sentado pacíficamente en un banco del bosque de Palermo. De pronto, sentí que algo me tocaba la cabeza. Era este mismo hombre que, ahora, mientras estoy escribiendo, continúa mecánicamente e indiferentemente pegándome paraguazos.

En aquella oportunidad me di vuelta lleno de indignación (me da mucha rabia que me molesten cuando leo el diario): él siguió tranquilamente aplicándome golpes. Le pregunté si estaba loco: ni siquiera pareció oírme. Entonces lo amenacé con llamar a un vigilante: e imperturbable y sereno, continuó con su tarea. Después de unos instantes de indecisión y viendo que no desistía de su actitud, me puse de pie y le di un terrible puñetazo en el rostro. Sin duda, es un hombre débil: sé que, pese al ímpetu que me dictó mi rabia, yo no pego tan fuerte. Pero el hombre, exhalando un tenue quejido, cayó al suelo. En seguida, y haciendo al parecer, un gran esfuerzo, se levantó y volvió silenciosamente a pegarme con el paraguas en la cabeza. La nariz le sangraba, y, en ese momento, no sé por qué, tuve lástima de ese hombre y sentí remordimientos por haberle pegado de esa manera. Porque, en realidad, el hombre no me pegaba lo que se llama paraguazos; más bien me aplicaba unos leves golpes, totalmente indoloros. Claro está que esos golpes son infinitamente molestos. Todos sabemos que, cuando una mosca se nos posa en la frente, no sentimos dolor alguno: sentimos fastidio. Pues bien, aquel paraguas era una gigantesca mosca que, a intervalos regulares, se posaba, una y otra vez, en mi cabeza. O, si se quiere, una mosca del tamaño de un murciélago.

De manera que yo no podía soportar ese murciélago. Convencido de que me hallaba ante un loco, quise alejarme. Pero el hombre me siguió en silencio, sin dejar de pegarme. Entonces empecé a correr (aquí debo puntualizar que hay pocas personas tan veloces como yo). Él salió en persecución mía, tratando infructuosamente de asestarme algún golpe. Y el hombre jadeaba, jadeaba, jadeaba y resoplaba tanto, que pensé que, si seguía obligándolo a correr así, mi torturador caería muerto allí mismo.

Por eso detuve mi carrera y retomé la marcha. Lo miré. En su rostro no había gratitud ni reproche. Sólo me pegaba con el paraguas en la cabeza. Pensé en presentarme en la comisaría, decir: “Señor oficial, este hombre me está pegando con un paraguas en la cabeza.” Sería un caso sin precedentes. El oficial me miraría con suspicacia, me pediría documentos, comenzaría a formularme preguntas embarazosas, tal vez terminaría por detenerme.

Me pareció mejor volver a casa. Tomé el colectivo 67. Él, sin dejar de golpearme, subió detrás de mí. Me senté en el primer asiento. Él se ubicó, de pie, a mi lado. Con la mano izquierda se tomaba del pasamanos; con la derecha blandía implacablemente el paraguas. Los pasajeros empezaron por cambiar tímidas sonrisas. El conductor se puso a observarnos por el espejo. Poco a poco fue ganando al pasaje una gran carcajada, una carcajada estruendosa, interminable. Yo, de la vergüenza, estaba hecho un fuego. Mi perseguidor, más allá de las risas, siguió con sus golpes.

Bajé -bajamos- en el puente del Pacífico. Íbamos por la avenida Santa Fé. Todos se daban vuelta estúpidamente para mirarnos. Pensé en decirles: “¿Qué miran, imbéciles? ¿Nunca vieron a un hombre que le pegue a otro con un paraguas en la cabeza?”. Pero también pensé que nunca habrían visto tal espectáculo. Cinco o seis chicos nos empezaron a seguir, gritando como energúmenos.

Pero yo tenía un plan. Ya en mi casa, quise cerrarle precipitadamente la puerta en las narices. No pude: él, con mano firme, se anticipó, agarró el picaporte, forcejeó un instante y entró conmigo.

Desde entonces, continúa golpeándome con el paraguas en la cabeza. Que yo sepa, jamás durmió ni comió nada. Simplemente se limita a pegarme. Me acompaña en todos mis actos, aun en los más íntimos. Recuerdo que, al principio, los golpes me impedían conciliar el sueño; ahora, creo que, sin ellos, me sería imposible dormir.

Con todo, nuestras relaciones no siempre han sido buenas. Muchas veces le he pedido, en todos los tonos posibles, que me explicara su proceder. Fue inútil: calladamente seguía golpeándome con el paraguas en la cabeza. En muchas ocasiones le he propinado puñetazos, patadas y -Dios me perdone- hasta paraguazos. Él aceptaba los golpes mansamente, los aceptaba como una parte más de su tarea. Y este hecho es justamente lo más alucinante de su personalidad: esa suerte de tranquila convicción en su trabajo, esa carencia de odio. Esa, en fin, certeza de estar cumpliendo con una misión secreta y superior.

Pese a su falta de necesidades fisiológicas, sé que, cuando lo golpeo, siente dolor, sé que es débil, sé que es mortal. Sé también que un tiro me libraría de él. Lo que ignoro es si, cuando los dos estemos muertos, no seguirá golpeándome con el paraguas en la cabeza. Tampoco sé si el tiro debe matarlo a él o matarme a mí. De todos modos, este razonamiento es inútil: reconozco que no me atrevería a matarlo ni a matarme.

Por otra parte, últimamente he comprendido que no podría vivir sin sus golpes. Ahora, cada vez con mayor frecuencia, tengo un presentimiento horrible. Una profunda angustia me corroe el pecho: la angustia de pensar que, acaso cuando más lo necesite, este hombre se irá y yo ya no sentiré esos suaves paraguazos que me hacían dormir tan profundamente.

Fernando Sorrentino (Argentina, 1942)

"Imperios y servidumbres". Barcelona, Seix Barral, 1972

martes, 31 de diciembre de 2019

Cuento de Ricardo Piglia: Hotel Almagro

Cuando me vine a vivir a Buenos Aires alquilé una pieza en el Hotel Almagro, en Rivadavia y Castro Barros. Estaba terminando de escribir los relatos de mi primer libro y Jorge Álvarez me ofreció un contrato para publicarlo y me dio trabajo en la editorial. Le preparé una antología de la prosa norteamericana que iba de Poe a Purdy y con lo que me pagó y con lo que yo ganaba en la Universidad me alcanzó para instalarme y vivir en Buenos Aires. En ese tiempo trabajaba en la cátedra de Introducción a la Historia en la Facultad de Humanidades y viajaba todas las semanas a La Plata. Había alquilado una pieza en una pensión cerca de la terminal de ómnibus y me quedaba tres días por semana en La Plata dictando clases. Tenía la vida dividida, vivía dos vidas en dos ciudades como si fueran dos personas diferentes, con otros amigos y otras circulaciones en cada lugar.
Lo que era igual, sin embargo, era la vida en la pieza de hotel. Los pasillos vacíos, los cuartos transitorios, el clima anónimo de esos lugares donde se está siempre de paso. Vivir en un hotel es el mejor modo de no caer en la ilusión de “tener” una vida personal, de no tener quiero decir nada personal para contar, salvo los rastros que dejan los otros. La pensión en La Plata era una casona interminable convertida en una especie de hotel berreta manejado por un estudiante crónico que vivía de subalquilar cuartos. La dueña de la casa estaba internada y el tipo le giraba todos los meses un poco de plata a una casilla de correo en el hospicio de Las Mercedes.
La pieza que yo alquilaba era cómoda, con un balcón que se abría sobre la calle y un techo altísimo. También la pieza del Hotel Almagro tenía un techo altísimo y un ventanal que daba sobre los fondos de la Federación de Box. Las dos piezas tenían un ropero muy parecido, con dos puertas y estantes forrados con papel de diario. Una tarde, en La Plata, encontré en un rincón del ropero las cartas de una mujer. Siempre se encuentran rastros de los que han estado antes cuando se vive en una pieza de hotel. Las cartas estaban disimuladas en un hueco como si alguien hubiera escondido un paquete con drogas. Estaban escritas con letra nerviosa y no se entendía casi nada; como siempre sucede cuando se lee la carta de un desconocido, las alusiones y sobreentendidos son tantos que se descifran las palabras pero no el sentido o la emoción de lo que está pasando. La mujer se llamaba Angelita y no estaba dispuesta a que la llevaran a vivir a Trenque-Lauquen. Se había escapado de la casa y parecía desesperada y me dio la
sensación de que se estaba despidiendo. En la última página, con otra letra, alguien había escrito un número de teléfono. Cuando llamé me atendieron en la guardia del hospital de City Bell. Nadie conocía a ninguna Angelita.
Por supuesto me olvidé del asunto pero un tiempo después, en Buenos Aires, tendido en la cama de la pieza del hotel se me ocurrió levantarme a inspeccionar el ropero. Sobre un costado, en un hueco, había dos cartas: eran la respuesta de un hombre a las cartas de la mujer de La Plata.
Explicaciones no tengo. La única explicación posible es pensar que yo estaba metido en un mundo escindido y que había otros dos que también estaban metidos en un mundo escindido y pasaban de un lado a otro igual que yo y, por esas extrañas combinaciones que produce el azar, las cartas habían coincidido conmigo. No es raro encontrarse con un desconocido dos veces en dos ciudades, parece más raro encontrar en dos lugares distintos, dos cartas de dos personas que están conectadas y que uno no conoce.
La casa de la pensión en La Plata todavía está, y todavía sigue ahí el estudiante crónico, que ahora es un viejo tranquilo que sigue subalquilando las piezas a estudiantes y a viajantes de comercio, que pasan por La Plata siguiendo la ruta del sur de la provincia de Buenos Aires. También el Hotel Almagro sigue igual y cuando voy por Rivadavia hacia la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Puan paso siempre por la puerta y me acuerdo de aquel tiempo. Enfrente está la confitería Las Violetas. Por supuesto hay que tener un bar tranquilo y bien iluminado cerca si uno vive en una pieza de hotel.

(Formas breves, Buenos Aires, Temas de grupo Editorial, 1999, págs. 11-17)

sábado, 30 de noviembre de 2019

Suspendida en el tiempo - de Valeria Gárber

Después de estar suspendida en el tiempo por la sumatoria de penas
un día salí a pasear.
Caminé. Hice un paso. No importa si estaba bien que avanzara hacia allí porque no es algo que pueda ser sometido a juicio de valor.
Cuando lo inquietante convoca no debe hacerse preguntas, porque no habrá respuestas
ni sencillas ni definidas. Tampoco definitivas.
Ser libre de elegir cosas, personas, lugares y desde ahí pensar,
mejor dicho sentir que es posible.
Traspasar el umbral tiene un peso y un valor.
Poder hacer algo diferente.
Creer que es factible que algo que alguien o que todos sean distintos
aunque sus rostros sean iguales.
Salir hacia algún lado. Que valga la pena.
O que no haya pena y por eso valga...

Prof. Valeria Gárber

sábado, 7 de septiembre de 2019

NIX(LA NOCHE)..

Nix, literalmente: «Noche.» Nix, en la Teogonía de Hesíodo, la Noche nació del Caos. Su descendencia es mucha, y reveladora. Con su hermano Érebo (Oscuridad), la Noche concibió a Éter (Puro brillo, Luminosidad), Eros (Amor) y Hemera (Día). Más tarde, por sí misma y sin intervención masculina, Nix engendró a Moros (Destino), Ker (Perdición), Tánatos (Muerte), Hipnos (Sueño), Geras (Vejez), Ezis (Dolor), Apate (Engaño), Némesis (Castigo merecido), Eris (Discordia), Filotes (Amistad, Ternura), Momo (Burla), las Hespérides (Hijas de la Tarde), los Oniros (los Sueños), las Keres (espíritus de la destrucción y muerte) y las Moiras (Destino). En su descripción del Tártaro, Hesíodo añade que Hemera, quien ahora es hermana de la Noche en vez de su hija, abandonaba el Tártaro justo cuando Nyx entraba en él; cuando Hemera volvía, Nyx se marchaba. Esto asemeja el retrato de Ratri (‘noche’) en el Rig-veda (el texto más antiguo de la India, de mediados del II milenio a. C.), donde ésta trabaja en estrecha colaboración pero también en tensión con su hermana Usha (‘amanecer’). Nix según Homero: En el Libro 14 de la Ilíada de Homero hay una interesante cita de Hipnos, el dios menor del sueño, en la que recuerda a Hera un antiguo favor después de que ésta le pida que haga dormir a Zeus. Hipnos hizo dormir anteriormente a Zeus una vez a instancias de Hera, lo que le permitió causar grandes infortunios a Heracles (quien regresaba por mar de la Troya de Laomedonte). Zeus montó en cólera y habría arrojado a Hipnos al mar si éste no hubiera huido asustado hasta Nix, su madre. Zeus, temiendo enfadar a Nix, contuvo su furia y de esta forma Hipnos logró escapar. Este mito convierte a Nix en la única divinidad a la que realmente temía Zeus. Nix(La Noche) adquirió un papel incluso más importante en varios poemas fragmentarios atribuidos a Orfeo. En ellos, la Noche el principio fundamental junto con su padre Caos. La Noche ocupaba una cueva o adyton, donde da oráculos. Urano —que está encadenado dentro, dormido y borracho de miel— sueña y profetiza. Fuera de la cueva, Adrastea tañe címbalos y golpea su tympanon, moviendo el universo entero en una eufórica danza al ritmo del canto de Nix. Cultos de la Noche En Grecia, la Noche rara vez es destinataria de cultos. De acuerdo con Pausanias, tenía un oráculo en la acrópolis de Megara. Más frecuentemente, Nix merodea en el fondo de otros cultos. Por eso había una estatua llamada Noche en el templo de Artemisa en Éfeso. Los espartanos rendían culto al Sueño y a la Muerte, concebidos como gemelos, y la Noche era su madre. Títulos de culto compuestos por la partícula nix- eran otorgados a varios dioses, notablemente a Dioniso Nyktelios (‘nocturno’) y Afrodita Philopannyx (‘la que ama la noche entera’).

sábado, 31 de agosto de 2019

El traje - Juan Carlos Dido

 Juan se puso el traje nuevo y salió a caminar. Ponía toda su preocupación en aparentar que andaba despreocupadamente, pensaba en el aspecto que tendría con el traje que estrenaba. Medía sus movimientos, imaginaba su figura en el andar atildado. Lo vio venir a Jorge desde la esquina.
-Hola Jorge, ¿cómo te va? –dijo deteniéndose con ademanes calculados y sin abandonar la prestancia.
-Qué tal Juancito, ¿te vas de parranda?
-Un paseo nomás che.
-Bueno... Suerte... Pero, aver a ver a ver... Déjame que te mire... ¡¡Viejo qué pinta!! ¡Pobre de ellos, no tenés traje porque no querés!
-Qué te parece... Lo estreno ahora.
-¡¡Extraordinario!! ¡Qué tela! ¡Y el modelo... Impecable viejo!
-Bueno Jorge, te dejo...
-¡A ver! ¡Pará un cachito! Mirándolo bien...
-¡Qué pasa!
-Me parece que tiene un pequeño defecto...
-¡Defecto! Si este traje está hecho de medida, y me costó un ojo de la cara.
-Bueno Juan, yo no quiero ofenderte... pero fijate aquí en las mangas...
-¡Qué tienen las mangas!
-Mirá la derecha... es un poco más larga que la izquierda, ¿lo notás?
-¡Uy, me parece que tenés razón! ¡Qué cretino este sastre! ¡Ah, pero a mí no me hace esto!...
-¡Ehh, bueno... Tampoco es para tanto! El defecto es casi imperceptible, y se puede solucionar fácilmente.
-¿Vos creés?
-¡Pero claro!... A ver, doblá un poco el brazo derecho; así ves... Ahí está... Listo, desapareció el defecto.  
-¿No se nota che?
-¡Para nada!... Como si no existiera. Simplemente tenés que llevar el brazo izquierdo caído y el derecho flexionado.
-Es cierto... Bueno chau Jorge, Gracias...
 Juan siguió caminando con su traje nuevo. Ahora ponía todo el cuidado en mantener algo flexionado el brazo derecho, y estirado el izquierdo. Su andar era más rígido, pero las dos mangas llegaban exactamente hasta el arranque de la mano.
 No había hecho media cuadra, cuando se encontró con Alberto...
-¿Qué decís Alberto?
-Aquí andamos... Mejor dicho, miramos como andan los otros. ¡¡Juancito viejo y peludo!! ¡Qué mal que viven los pobres!
-¿Por qué lo decís?
-Vamos, no seas modesto. Una pilcha como la que tenés, no puede pasar disimulada.
-Qué te parece...
-¡Una pintura! Déjame que la vea bien... Caminá unos pasos, ¿a ver?... Perfecto loco... Diez puntos. Bueno... digamos casi diez puntos...
-¡Cómo casi diez puntos! ¿Tan rápido cambias de opinión?
-Bah... no me hagas caso. Es una pavada.
-¡No no no, ahora no me lo ocultés! Decime que descubriste.
-Sólo una pequeñez Juancito, las botamangas están desparejas.
-¡Desparejas!   
-Sí, fijate... La izquierda es un poquito más larga que la derecha. Claro que casi ni se nota.
-¡Pero ese casi, quiere decir que se nota! Si supieras lo que me costó este traje... Me voy ya mismo a la sastrería...
-¡Ehhh, no seas tan drástico! Ese defecto tiene arreglo inmediato.
-¡Cómo inmediato!
-Pero Juancito, ¡te ahogás en un vaso de agua! Mirá... Incliná el cuerpo un poco hacia la derecha, de manera que la cintura quede un poco levantada de ese lado... Ahí está, ¿ves? Al pelo. Las dos botamangas a la misma altura...
-¿Seguro que no se nota che?
-No tengo por qué engañarte Juancito, pero si desconfías, podés preguntarle a “Cacho” que ahí viene.
-Qué tal muchachos...
-Hola “Cacho” venís justo porque Juancito necesitaba un juez.
-¿Un juez? –dijo extrañado “Cacho”.
-¡Es un decir! Alguien que objetivamente juzgue su elegancia.
-¡Me estás cargando! Con ese traje no hay juez que lo condene.
-¿No te lo dije Juancito?
-¿En serio “Cacho”? Me interesa tu opinión.
-Y, esta es mi opinión. Impecable, un dandy Juancito. Bueno... prácticamente un dandy...
-¡Ese prácticamente, es un reparo!...
-Bueno, por favor, no exagerés, apenas una minucia...
-¡Y de qué se trata!
-Las hombreras.
-¿Qué tienen las hombreras?
-Y, la derecha está un poco más alta. ¿Qué opinás Alberto?
-Coincido con tu observación.
-¡No ven, no ven! ¡Yo a este sastre no lo perdono!...
-Vení, no seas apresurado. El sastre te va a aumentar el desarreglo y nada más. Esto se corrige en un santiamén –repuso “Cacho”.
-¿Y cuál es la solución?
-Más simple imposible. Es suficiente con que levantés unos centímetros el hombro izquierdo y listo. Ves, así... A ver ahora... caminá, caminá, ves... ¡Perfecto!
 Y Juancito siguió caminando, luciendo su traje nuevo. Llevaba el brazo derecho flexionado y pegado al cuerpo; el izquierdo estirado y rígido; el cuerpo volcado hacia la derecha, y el hombro izquierdo más alto que el derecho.
 Desde la esquina, lo vio venir el grupo de muchachos.
-Che, miren ese pobre tipo. ¡Es un deforme! ¡Un contrahecho!        
-¡Qué castigo pobre infeliz!
-Es cierto. Pero fíjense... ¡¡Qué macanudo le queda el traje!!

miércoles, 31 de julio de 2019

Soneto

Ya ves que no te suelto, que me ato
a tu recuerdo rubio y vaporoso,
fugitivo en la calle y silencioso,
yo, que era poderío y arrebato.

Me estiro lo que puedo; dudo y trato
de asir tu traje, por ser tuyo, hermoso;
ceñido siempre y a la vez pomposo,
tentación por aquí y allí recato.

Mírame en un café de esta plazuela
en que el tránsito al sol crepita y arde
y en la que todo, hasta un tranvía, vuela.

 Pienso en ti, en tus ojos, en tu tarde...
Y me quisiera henchir como una vela
y me refugio en mi interior, cobarde.

Baldomero Fernández Moreno 

martes, 4 de diciembre de 2018

Cuento de misterio de Silvina Ocampo:

La casa de azúcar

 Las supersticiones no dejaban vivir a Cristina. Una moneda con la efigie borrada, una mancha de tinta, la luna vista a través de dos vidrios, las iniciales de su nombre grabadas por azar sobre el tronco de un cedro la enloquecían de temor. Cuando nos conocimos llevaba puesto un vestido verde, que siguió usando hasta que se rompió, pues me dijo que le traía suerte y que en cuanto se ponía otro, azul, que le sentaba mejor, no nos veíamos. Traté de combatir estas manías absurdas. Le hice notar que tenía un espejo roto en su cuarto y que por más que yo le insistiera en la conveniencia de tirar los espejos rotos al agua, en una noche de luna, para quitarse la mala suerte, lo guardaba; que jamás temió que la luz de la casa bruscamente se apagara, y a pesar de que fuera un anuncio seguro de muerte, encendía con tranquilidad cualquier número de velas; que siempre dejaba sobre la cama el sombrero, error en que nadie incurría. Sus temores eran personales. Se infligía verdaderas privaciones; por ejemplo: no podía comprar frutillas en el mes de diciembre, ni oír determinadas músicas, ni adornar la casa con peces rojos, que tanto le gustaban. Había ciertas calles que no podíamos cruzar, ciertas personas, ciertos cinematógrafos que no podíamos frecuentar. Al principio de nuestra relación, esta supersticiones me parecieron encantadoras, pero después empezaron fastidiarme y a preocuparme seriamente. Cuando nos comprometimos tuvimos que buscar un departamento nuevo, pues, según sus creencias, el destino de los ocupantes anteriores influiría sobre su vida (en ningún momento mencionaba la mía, como si el peligro la amenazara sólo a ella y nuestras vidas no estuvieran unidas por el amor). Recorrimos todos los barrios de la ciudad; llegamos a los suburbios más alejados, en busca de un departamento que nadie hubiera habitado: todos estaban alquilados o vendidos. Por fin encontré una casita en la calle Montes de Oca, que parecía de azúcar. Su blancura brillaba con extraordinaria luminosidad. Tenía teléfono y, en el frente, un diminuto jardín. Pensé que esa casa era recién construida, pero me enteré de que en 1930 la había ocupado una familia, y que después, para alquilarla, el propietario le había hecho algunos arreglos. Tuve que hacer creer a Cristina que nadie había vivido en la casa y que era el lugar ideal: la casa de nuestros sueños. Cuando Cristina la vio, exclamó:
–¡Qué diferente de los departamentos que hemos vivido! Aquí se respira olor a limpio. Nadie podrá influir en nuestras vidas y ensuciarlas con sus pensamientos que envician el aire.
 En pocos días nos casamos y nos instalamos allí. Mis suegros nos regalaron los muebles del dormitorio y mis padres los del comedor. El resto de la casa la amueblaríamos de a poco. Yo temía que, por los vecinos, Cristina se enterara de mi mentira, pero felizmente hacía sus compras fuera del barrio y jamás conversaba con ellos. Éramos felices, tan felices que a veces me daba miedo. Parecía que la tranquilidad nunca se rompería en aquella casa de azúcar, hasta que un llamado telefónico destruyó mi ilusión. Felizmente Cristina no atendió aquella vez al teléfono, pero quizá lo atendiera en una oportunidad análoga. La persona que llamaba preguntó por la señora Violeta: indudablemente se trataba de la inquilina anterior. Si Cristina se enteraba de que yo la había engañado, nuestra felicidad seguramente concluiría: no me hablaría más, pediría nuestro divorcio, y en el mejor de los casos tendríamos que dejar la casa para irnos a vivir, tal vez, a Villa Urquiza, tal vez a Quilmes, de pensionistas en alguna de las casas donde nos prometieron darnos un lugarcito para construir ¿con qué? (con basura, pues con mejores materiales no me alcanzaría el dinero) un cuarto y una cocina. Durante la noche yo tenía cuidado de descolgar el tubo, para que ningún llamado inoportuno nos despertara. Coloqué un buzón en la puerta de calle; fui el depositario de la llave, el distribuidor de cartas.
 Una mañana temprano golpearon a la puerta y alguien dejó un paquete. Desde mi cuarto oí que mi mujer protestaba, luego oí el ruido del papel estrujado. Bajé la escalera y encontré a Cristina con un vestido de terciopelo entre los brazos.
–Acaban de traerme este vestido –me dijo con entusiasmo.
 Subió corriendo las escaleras y se puso el vestido, que era muy escotado.
–¿Cuándo te lo mandaste a hacer?
–Hace tiempo. ¿Me queda bien? Lo usaré cuando tengamos que ir al teatro, ¿no te parece?
–¿Con qué dinero lo pagaste?
–Mamá me regaló unos pesos.
 Me pareció raro, pero no le dije nada, para no ofenderla.
 Nos queríamos con locura. Pero mi inquietud comenzó a molestarme, hasta para abrazar a Cristina por la noche. Advertí que su carácter había cambiado: de alegre se convirtió en triste, de comunicativa en reservada, de tranquila en nerviosa. No tenía apetito. Ya no preparaba esos ricos postres, un poco pesados, a base de cremas batidas y de chocolate, que me agradaban, ni adornaba periódicamente la casa con volantes de nylon, en las tapas de la letrina, en las repisas del comedor, en los armarios, en todas partes como era su costumbre. Ya no me esperaba con vainillas a la hora del té, ni tenía ganas de ir a teatro o al cinematógrafo de noche, ni siquiera cuando nos mandaban entradas de regalo. Una tarde entró un perro en el jardín y se acostó frente a la puerta de calle, aullando. Cristina le dio carne y le dio de beber y, después de un baño, que le cambió el color de pelo, declaró que le daría hospitalidad y que lo bautizaría con el nombre Amor, porque llegaba a nuestra casa en un momento de verdadero amor. El perro tenía el paladar negro, lo que indica pureza de raza.

martes, 6 de noviembre de 2018

El caso de los viejitos voladores

(Cuento - Texto completo - Adolfo Bioy Casares)
 Un diputado, que en estos años viajó con frecuencia al extranjero, pidió a la cámara que nombrara una comisión investigadora. El legislador había advertido, primero sin alegría, por último con alarma, que en aviones de diversas líneas cruzaba el espacio en todas direcciones, de modo casi continuo, un puñado de hombres muy viejos, poco menos que moribundos. A uno de ellos, que vio en un vuelo de mayo, de nuevo lo encontró en uno de junio. Según el diputado, lo reconoció “porque el destino lo quiso”.
En efecto, al anciano se lo veía tan desmejorado que parecía otro, más pálido, más débil, más decrépito. Esta circunstancia llevó al diputado a entrever una hipótesis que daba respuesta a sus preguntas.
 Detrás de tan misterioso tráfico aéreo, ¿no habría una organización para el robo y la venta de órganos de viejos? Parece increíble, pero también es increíble que exista para el robo y la venta de órganos de jóvenes. ¿Los órganos de los jóvenes resultan más atractivos, más convenientes? De acuerdo: pero las dificultades para conseguirlos han de ser mayores. En el caso de los viejos podrá contarse, en alguna medida, con la complicidad de la familia.
 En efecto, hoy todo viejo plantea dos alternativas: la molestia o el geriátrico. Una invitación al viaje procura, por regla general, la aceptación inmediata, sin averiguaciones previas. A caballo regalado no se le mira la boca.
 La comisión bicameral, para peor, resultó demasiado numerosa para actuar con la agilidad y eficacia sugeridas. El diputado, que no daba el brazo a torcer, consiguió que la comisión delegara su cometido a un investigador profesional. Fue así como El caso de los viejos voladores llegó a esta oficina.
 Lo primero que hice fue preguntar al diputado en aviones de qué líneas viajó en mayo y en junio.
“En Aerolíneas y en Líneas Aéreas Portuguesas” me contestó. Me presenté en ambas compañías, requerí las listas de pasajeros y no tardé en identificar al viejo en cuestión. Tenía que ser una de las dos personas que figuraban en ambas listas; la otra era el diputado.
 Proseguí las investigaciones, con resultados poco estimulantes al principio (la contestación variaba entre “Ni idea” y “El hombre me suena”), pero finalmente un adolescente me dijo “Es una de las glorias de nuestra literatura”. No sé cómo uno se mete de investigador: es tan raro todo. Bastó que yo recibiera la respuesta del menor, para que todos los interrogados, como si se hubieran parado en San Benito, me contestaran: “¿Todavía no lo sabe? Es una de las glorias de nuestra literatura”.
Fui a la Sociedad de Escritores donde un socio joven confirmó en lo esencial la información. En realidad me preguntó:
-¿Usted es arqueólogo?
-No, ¿Por qué?
-¿No me diga que es escritor?
 -Tampoco.
-Entonces no lo entiendo. Para el común de los mortales, el señor del que me habla tiene un interés puramente arqueológico. Para los escritores, él y algunos otros como él, son algo muy real y, sobre todo, muy molesto.
-Me parece que usted no le tiene simpatía.
-¿Cómo tener simpatía por un obstáculo? El señor en cuestión no es más que un obstáculo. Un obstáculo insalvable para todo escritor joven. Si llevamos un cuento, un poema, un ensayo a cualquier periódico, nos postergan indefinidamente, porque todos los espacios están ocupados por colaboraciones de ese individuo o de individuos como él. A ningún joven le dan premios o le hacen reportajes, porque todos los premios y todos los reportajes son para el señor o similares.
 Resolví visitar al viejo. No fue fácil.En su casa, invariablemente, me decían que no estaba. Un día me preguntaron para qué deseaba hablar con él. “Quisiera preguntarle algo”, contesté. “Acabáramos”, dijeron y me comunicaron con el viejo. Este repitió la pregunta de si yo era periodista. Le dije que no. “¿Está seguro? preguntó.
“Segurísimo” dije. Me citó ese mismo día en su casa.
-Quisiera preguntarle, si usted me lo permite, ¿por qué viaja tanto?
-¿Usted es médico? -me preguntó-. Sí, viajo demasiado y sé que me hace mal, doctor.
-¿ Por qué viaja? ¿Por qué le han prometido operaciones que le devolverán la salud?
-¿De qué operaciones me está hablando?
-Operaciones quirúrgicas.
-¿Cómo se le ocurre? Viajaría para salvarme de que me las hicieran.
-Entonces, ¿por qué viaja?
 -Porque me dan premios.
 -Ya un escritor joven me dijo que usted acapara todos los premios.
-Si. Una prueba de la falta de originalidad de la gente. Uno le da un premio y todos sienten que ellos también tienen que darle un premio.
-¿No piensa que es una injusticia con los jóvenes?
-Si los premios se los dieran a los que escriben bien, sería una injusticia premiar a los jóvenes, porque no saben escribir. Pero no me premian porque escriba bien, sino porque otros me premiaron.
-La situación debe de ser muy dolorosa para los jóvenes.
-Dolorosa ¿Por qué? Cuando nos premian, pasamos unos días sonseando vanidosamente. Nos cansamos. Por un tiempo considerable no escribimos. Si los jóvenes tuvieran un poco de sentido de la oportunidad, llevarían en nuestra ausencia sus colaboraciones a los periódicos y por malas que sean tendrían siquiera una remota posibilidad de que se las aceptaran. Eso no es todo. Con estos premios el trabajo se nos atrasa y no llevamos en fecha el libro al editor. Otro claro que el joven despabilado puede aprovechar para colocar su mamotreto. Y todavía guardo en la manga otro regalo para los jóvenes, pero mejor no hablar, para que la impaciencia no los carcoma.
-A mí puede decirme cualquier cosa.
-Bueno, se lo digo: ya me dieron cinco o seis premios. Si continúan con este ritmo ¿usted cree que voy a sobrevivir? Desde ya le participo que no. ¿Usted sabe cómo le sacan la frisa al premiado? Creo que no me quedan fuerzas para aguantar otro premio.

martes, 16 de octubre de 2018

Una visita inesperada

No todos los niños tenían la suerte de tener un castillo del Siglo XIV en su pueblo, y en mi caso, la suerte era doble, porque el castillo de mi pueblo estaba justo justo al lado de mi colegio.
Estaba situado sobre la loma mas alta, destacando sobre todas las casas que se levantaban a su alrededor, y aunque había perdido mucho encanto como edificio de la edad media, porque había sido arreglado ya que estuvo a punto de derrumbarse, desde fuera se veía como si lo hubieran acabado de construir sus primeros dueños, una familia muy importante en aquellos tiempos llamada Ponce de León.
Yo pasaba largos ratos observándolo desde la ventana de mi clase, y sentía envidia de sus nuevos habitantes: Cernícalos, palomas, gorriones, y otros muchos pájaros, porque podían entrar y salir a su antojo, y me preguntaba porqué estaría siempre cerrado, y cómo era que estando tan cerca de nuestro colegio, y después de muchos años, nueve para ser exactos, no habíamos ido ni una vez de excursión con mi clase a visitarlo, ya que, además, dentro había un museo de historia la mar de interesante.
Aquel día, estábamos en clase cuando sonó el timbre para salir al recreo, afortunadamente porque estaba apuntito de quedarme dormida. La profesora nos pidió que saliésemos ordenadamente, cosa difícil porque aquel era un día muy especial, y se notaba en el ambiente: ¡Nos íbamos de vacaciones de Semana Santa!
Mis amigos y yo cogimos los desayunos y bajamos las escaleras en dirección al patio. Allí había un jaleo impresionante y estaba todo lleno de vallas, y es que estaban arreglando una  parte de las aulas de los pequeños, que al parecer se había hundido un poquito con las últimas lluvias.
Nos acercamos para ver un rato qué hacían los albañiles, quienes se movían rápidamente llevando cosas de un sitio para otro, con sus cascos blancos y sus monos azules. Entonces, se oyó un pitido, que sería un aviso para ellos, pues en ese momento, se quitaron todos a la vez los cascos como si fuera un baile ensayado, se subieron al camión, y salieron chutando, dejando la obra detrás.
Nos miramos, y sin decirnos palabra porque sabíamos perféctamente lo que pensábamos todos, nos acercamos a la puerta de la verja que limitaba la obra, en la que había una abertura, demasiado pequeña para que pudiese pasar un adulto, pero suficientemente grande para caber nosotros. ¿Quién no ha pasado alguna vez por al lado de una casa en obras o en ruinas sin sentir la curiosidad de entrar a echar un vistazo? Pues eso, que en un santiamén y con un poquito de esfuerzo (unos mas que otros, claro) nos metimos por la abertura de la valla.
Entramos en la clase que estaban arreglando, que estaba toda llena de palos largos que iban desde el techo hasta el suelo, y en una de las esquinas había un buen montón de arena y piedras, y detrás del montón, en el rincón, una tabla apoyada sobre la pared. Aparte de eso, del muchísimo polvo, y de muchas herramientas por todos los sitios: Martillos, palas, algunas linternas... no se veía nada mas que fuese interesante.
Estábamos a puntito de darnos la vuelta para marcharnos de allí, pero Jesús, el único niño del grupo, que dijo sentirse indignado, se subió sobre la montaña de arena con una pala en las manos y la lanzó sobre la tabla del rincón, que en ese momento se cayó hacia delante, dejando a la vista un agujero que había en el suelo de un metro aproximádamente.
No preguntéis ni cómo, ni cuando, ni porqué. Sería porque éramos niños y a los niños nos puede muchas veces la curiosidad, como a los gatos, y esta era una de esas veces. El caso es que cuando nos dimos cuenta, habíamos cogido las linternas que había por allí y habíamos bajado por la escalerita de hierro que los albañiles dejaron allí colocada.
Muertos de miedo, nos apretamos los cinco para examinar aquel sitio en el que sin querer pero queriendo nos habíamos metido, y desde donde no pudimos oir el timbre que anunciaba el final del tiempo de recreo. La verdad es que en ese momento, esa era la menor de nuestras preocupaciones.
Se trataba de un pasillo muy largo y oscuro como la boca de un lobo, y que iba cuesta arriba pero muy suavemente. No se trataba de una cueva ni nada de eso, porque el suelo era liso, y las paredes también. El techo era alto, tanto que estando de pie nos faltaba bastante para dar con la cabeza, y creo que saltando con los brazos estirados hacia arriba, tampoco llegaríamos a tocarlo.
Lógicamente, ya que habíamos llegado hasta allí, no nos íbamos a dar la vuelta, así que nos pusimos en fila india, con Jesús delante, claro, y empezamos a recorrer el pasillo con la ayuda de las linternas ( y de un martillo que llevaba yo en la mano por si hacía falta defenderse de algo o de alguien). Ninguno decía ni una palabra, pero podían oirse nuestras respiraciones agitadas, y creo que si hubiésemos puesto un poco de empeño, podríamos haber oido también el porrompompón de nuestros corazones super acelerados.
Llegamos al final del pasillo y nos encontramos con una escalera, pero esta no era de los albañiles, sino que era una escalera de piedra de unos diez peldaños, que subimos con mucho cuidado. Justo en la mitad de la subida tropecé con algo, que rodó escalones abajo haciendo un tremendo ruido metálico al golpear cada uno de ellos, y una vez abajo, siguió rodando unos metros más. Corrimos hacia el objeto para ver que se trataba de ¡un casco! Pero este no era blanco y de plástico como el de los albañiles, sino metálico y ovalado como habíamos visto más de una vez en el libro de cono. Lo observamos un rato sin cogerlo y seguimos nuestro camino escalera arriba otra vez.
El pasillo seguía otro largo tramo en la misma dirección, el cual recorrimos en poco tiempo, porque ya habíamos perdido bastante el miedo, y nuestros ojos se habían acostumbrado a ver mejor. Al final del pasillo había otra escalera, pero esta era diferente: Era mas larga y giraba hacia la izquierda en la mitad, dibujando un ángulo recto. Pero lo que más nos impactó fue ver que las paredes estaban repletas de espadas y escudos, y también había antorchas como habíamos visto alguna vez en una película...
Íbamos subiendo las escaleras muy léntamente, con las linternas apuntando a aquellas armas que habíamos encontrado y cuando llegamos arriba íbamos ya sin aliento. El pasillo continuaba otro tramo en línea recta, pero con una diferencia: ¡al final se veía luz!
Comenzamos a dudar si deberíamos seguir adelante o darnos media vuelta porque ver una luz allí sí nos dio un poco de miedo, ya que nuestra fantasía comenzó a volar y a darnos malas ideas de lo que podríamos encontrar al llegar a aquel sitio iluminado. Pero una vez más, nuestra curiosidad pudo con todos nuestros temores y decidimos seguir.
A medida que nos íbamos acercando a la luz, empezamos a notar un olor extraño, como a humedad, que cada vez se iba haciendo mas intenso, al mismo tiempo que comenzamos a oir un tic-tic-tic..., como el goteo del agua, que se oía mas fuerte a cada paso que dábamos.
Quedaban unos diez metros para llegar a la luz, que claramente procedía de arriba, y que casi nos dejaba ver sin tener que usar las linternas, cuando nos encontramos con una puerta a nuestra izquierda. Era una puerta muy antigua, de madera, y con una ventanita en el centro con unos gruesos barrotes. -¡Una mazmorra! -Dijimos al mismo tiempo, y todos nos avalanzamos hacia la pequeña ventana para intentar ver dentro de la habitación.
Un olor muy fuerte salía por aquella ventanita. Con las linternas y empujándonos pudimos ver que había grandes telarañas y se veían cuerdas negras en las paredes. No, no eran cuerdas, ¡eran cadenas! ¡Y qué era eso que colgaba de esa cadena de allí! ¡Era un esque...!
-Chicos, ¿qué hacéis aquí?-, se oyó de repente una voz a nuestras espaldas, una voz que nos asustó pero que al mismo tiempo nos llenó de tranquilidad. Era nuestra profesora que había venido a buscarnos al ver que no habíamos vuelto después del recreo. (Segúramente algún niño nos vería atravesar la valla y fue a contárselo).
Un rato después, estábamos de nuevo en clase, y tras la regañina (que creo que no fue demasiado grande), la profesora, emocionada, nos contó que en aquellos tiempos, cuando se construían los castillos, se les hacían esos pasadizos secretos por si eran atacados y veían que podían perder la batalla, sus habitantes pudiesen escapar. Se decía que nuestro castillo no lo tenía, pero el día anterior los albañiles de la obra del colegio se habían encontrado sin querer esa abertura pero nadie había entrado todavía. Nadie excepto nosotros, claro. Y también nos explicó que la luz que se veía al final del túnel era la del Sol que entraba por el pozo del castillo, que era donde empezaba el pasadizo, y que estaba situado justo en el centro del patio.
Finalmente, como castigo para nosotros, nuestra maestra, guiñándonos un ojo, nos pidió que redactásemos un cuento durante las vacaciones en el que narrásemos la aventura que habíamos vivido.  ¡Y este es el mío!
Y así fue como aquel día casi consigo ver el castillo de mi pueblo. Bueno, otra vez será...
                                                                    FIN

Natalia Sánchez Jiménez. 6.B C.E.I.P. Isabel Esquivel. Mairena del Alcor. Sevilla.

martes, 9 de octubre de 2018

El libro de arena, un relato corto de Borges

La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.
Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.
Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.
-Vendo biblias -me dijo.
No sin pedantería le contesté:
-En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.
Al cabo de un silencio me contestó:
-No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.
Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.
-Será del siglo diecinueve -observé.
-No sé. No lo he sabido nunca -fue la respuesta.
El libro de arenaLo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.
Fue entonces que el desconocido me dijo:
-Mírela bien. Ya no la verá nunca más.
Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.
Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí.
En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:
-Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?
-No -me replicó.
Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:
-Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen principio ni fin.
Me pidió que buscara la primera hoja.
Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.
-Ahora busque el final.
También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:
-Esto no puede ser.
Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:
-No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita aceptan cualquier número.
Después, como si pensara en voz alta:
-Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.
Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:
-¿Usted es religioso, sin duda?
-Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.
Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.
-Y de Robbie Burns -corrigió.Mientras hablábamos, yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:
-¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?
-No. Se le ofrezco a usted -me replicó, y fijó una suma elevada.
Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.
-Le propongo un canje -le dije-. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.
-A black letter Wiclif! -murmuró.
Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.
-Trato hecho -me dijo.
Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.
Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.
Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descalabrados de Las mil y una noches.
Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. En ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.
No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía.
Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.
Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.
Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.
Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.
Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.