Soy aún aquel niño que, saliendo de la escuela, tomó una manzana de un árbol. Lo que verdaderamente inspiró mi vida fue haberme criado entre los lagos de la Patagonia.
De niño, recogí allí un bello silencio, un lenguaje que tuvo el arraigo de las nubes. Ellas, sin darme cuenta, hicieron brotar mi destino. Echado con mis perros en los pastizales, las miraba pasar, raudas y veloces con el viento -o estancas, densas-, con los presagios de la nieve. En verano eran espumosas y en mayo, ya entrado el otoño, se apoyaban sobre las montañas todo el mes, descargando agua, que traía hongos de pino y las primeras nevadas, tímidas.
Toman abruptamente las montañas, aparecen en el oeste como un pequeño presagio, muy altas, con las horas van bajando oscuras, presuntuosas, temibles y descargan su ímpetu tenaz, como una arroyada de amor blanco. La observación de aquellas tormentas de nieve conectaron cada paso de mi vida, con mi hacer. Aprendí de ellas a ser implacable. En silencio. Recordándolas, siempre supe que no hay puentes que no se puedan cruzar, muy despacio, a veces retrocediendo unos pasos y volviendo a acometer. Cuántas veces al llegar al otro lado comprendí que no pertenecía a mi nuevo destino, haciendo escuetos campamentos temporarios.
En algunas ocasiones, al querer regresar el puente ya no estaba, pero siempre, aferrado a mi esencia, encontré un pequeño sendero para salir. Cuando tenía nueve años me gustaba saltar como un sapo usando las manos y los pies para impulsarme en extensos rebotes. La técnica consistía en que los pies llegaran hasta las manos y de allí un nuevo impulso profundo me hacía salir elongado como un resorte hacia adelante. Mágico. Creía que era mágico poder convertirme en sapo. La sensación de libertad que sentía en cada salto me producía un espasmo de liberacion gloriosa. Libertad. Me encantaba correr muy rápido por un sendero de tierra muy compacta, que salía de la leñera y daba una vuelta por la huerta entre los frambuesales y terminaba en una casita de madera, donde vivía un enorme cerezo que sobre fin de diciembre se llenaba de frutos del tamaño de nueces. Me pasaba el día allí, trepado, compitiendo con los zorzales que se las comían con sus fuertes y erráticas picoteadas. A la misma edad concurría a un colegio inglés que en aquella época era una aldea de casitas en la montaña. El almuerzo era servido en una hostería a poco mas de un kilómetro, por lo que los treinta alumnos que componían el colegio salíamos caminando por un senderito de tierra, a campo traviesa en fila india, y pasábamos por una chacra llena de manzanos. En marzo, cuando comenzaban las clases, las manzanas estaban en su punto de cosecha, pero teníamos terminantemente prohibido sacarlas. En un acto casi bíblico, un día saqué una y el director, que caminaba atrás, me vio. Por la tarde me llamo a su despacho y me dijo que era inmoral. Yo le pregunté qué quería decir, y me repitió que carecía de moral. Acto seguido, me hizo tocar mis pies con las manos y recibi un zapatillazo. Regresé a mi casa con el trasero ardido y el alma quebrada. Ese hombre, ese día, torció la esencia, la inocencia de mi niñez. Lo admiraba, era el mejor profesor, especialmente de historia y literatura. Al día siguiente ya no era un niño. Esa noche mis padres no lograron explicarme qué había pasado. Yo tampoco lo sabía, aunque intuía algo. Soy aún aquel niño que tomó una manzana de un árbol. Desde entonces hay una voz que me guía; no creo haberla moldeado, es como una intuición medular. Cada vez que firmo un libro de cocina, dibujo una manzana. Han sido miles y miles de ellas. La manzana del mal, la que me enseñó a vivir al resguardo del pensamiento, del posible agrado civil.
Sí, debo confesar que la tentación rigió mi vida. Gracias.
Recuerdos de Francis Mallmann
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